viernes, 3 de enero de 2014

Maravilla: Kundera es mucho mejor de lo que recordaba. Tanto, que creo que será el regalón del verano.

Horror: La idea de revisar autores significa que cada minuto que pasa hay algo que no leí y además algo que no releí. Tiempo, tiempo, necesito más tiempo. Me ahoga que pase tan rápido y que quede tanto por leer y releer.

Bipolaridad: No puedo evitar darme todo el tiempo del mundo para desayunar. Difícil que alguien desayune más lento que yo. Me gusta comer rico, me gustan las mañanas, me gusta comer rico en las mañanas en mi departamento, tranquila. Hoy fueron panqueques de plátano (hechos sólo con plátano, TARÁAAAN) con crema de arándanos y crema de mango, además de un agüita de San Juan con jengibre y miel.

Ya chao, me voy a leer.

domingo, 8 de setiembre de 2013

Aquí mandan los libros

Si bien siempre he sido una buena compradora de libros -al menos desde que ahorraba mis primeras mesadas y salía a librerías y ferias, ya no tan chica-, últimamente mi biblioteca ha aumentado vertiginosamente, quintuplicando el volumen que tenía cuando estudiaba en la universidad. Trabajo, más plata, mayor necesidad de leer y estudiar y alguien con quien compartir las nuevas adquisiciones son las razones obvias, pero no puedo evitar pensar un poco más allá de eso (siempre).

Recuerdo haber leído o visto una entrevista de Bolaño donde dijo haber perdido creo que dos bibliotecas, en Chile y en España, al menos. Manteniendo mi más profundo respeto, la verdad es que se apagó una lucecita en mi altar mental a Bolaño. Ok, ok, no puedo discutir las circunstancias de sus partidas ni su imposibilidad de acarrear con él toneladas de libros (¿sabían que un metro cúbico de libros pesa en promedio una tonelada? Espero que el piso del departamento sea muy sólido y nunca ponga en riesgo la vida de mi vecino del departamento de abajo), pero esa declaración hizo que se me pararan los pocos pelos. Es que, en serio, no puede ser. No se trata de ser materialista ni mucho menos, pero una biblioteca no se abandona, señores.

Pero entonces empiezan las limitaciones. Si una biblioteca no se abandona, ¿cómo viajar? No me refiero a viajar en vacaciones ni por trabajo, no, sino a esos viajes que se hacen porque hay que irse, porque a veces está esa sensación de dejarlo todo y por qué no irse a Islandia, o por qué no estudiar en Amsterdam donde me concentro mejor que acá. Me pregunto si es en este punto donde el inconsciente hace su aparición, y no será que la recopilación de libros no responde a las razones obvias, sino a una necesidad insospechada de arraigo, quizás incluso a una aparentemente terrible e inconsecuente necesidad de aburguesamiento (hay que asumirlo, una casa con biblioteca es una casa brutalmente burguesa).

Y entonces aparecen los sueños que sí son conscientes, y el momento en que me doy cuenta que hay dos grupos de sueños conscientes que son bastante contradictorios, cosa que me sorprende no haber percibido antes. La casa con biblioteca con un chaise longue (ojalá de Eames), un globo terráqueo antiguo y, ahora, la lámpara de bronce del consorte, por un lado. Por otro, la vida libre como el vientorss, que sigue el ritmo del momento. Y ¡paf!, advierto que el ritmo por estos tiempos ha sido comprar mucho más de lo que puedo leer y llevar en una maleta, más de lo que puedo reconocer cuando empiezo a sacar cuentas y calculo qué otras cosas podría haber comprado con eso (¿un auto? ¿el pie de un departamento? No, no reconoceré mi nivel de gasto en libros). Parece que eso ya ha derivado en un ritmo de vida menos manejable, amarrado con las arterias a estantes y cajas de libros.

Lo bueno es que ese amarre no me choca, no me molesta. Me llama un poco la atención, me intriga a ratos, pero de todas formas es algo que se conecta con una imagen que tenía desde muy chica en mi mente. La casa con biblioteca que sí, es burguesa, pero no es ese aburguesamiento de cerdo capitalista, sino de coleccionista algo perturbado (¿hay coleccionistas no perturbados?), víctima del horror vacui, que expone con orgullo y en un acto de ostentación barroca sus diplomas (sí, tengo mis diplomas colgados junto a mis libros, y qué) y esconde celosamente papeles y fotos entre páginas que nadie sospecha.


Y la verdad es que ahora que lo pienso, parece más fácil que las decisiones de mi vida las tome la biblioteca. No, no puedo, qué haría con los libros; No, esa casa no, no caben los libros; No, no me alcanza para comprar gas, tengo que comprarme un libro (adivine cuál de estas situaciones ya ocurrió).  

sábado, 17 de agosto de 2013

¡Buenos días!

Siempre he sido de hábitos nocturnos. Muy nocturnos. De quedarme dormida después de las 4 de la mañana o pasar de largo como si nada. Pero todo ha cambiado. No sé si será la edad o una serie de cambios de rutina y alimenticios, o quizás todo junto, pero el punto es que me da sueño mucho más temprano y necesito tener mañanas productivas, así que empezar a levantarme temprano se ha convertido en una obligación y finalmente en un placer.

Después de ser una apasionada admiradora de la noche con su silencio, sus luces amarillas y todas las connotaciones literarias que podemos añadir, he pasado lentamente por un proceso de valorar las maravillas de la mañana. La luz es distinta, la gente es muy amorosa cuando salgo a comprar, todo tiene mejor olor y a algunas horas de la mañana también hay silencio, un silencio más calmado que el de la noche, que ahora siento más cansado. Además, viviendo sola todo es harto más silencioso, y en un departamento de paredes muy sólidas, más aún.

Antonio Arbea, mi profesor de latín en la universidad. A él le debo que por primera vez en mi vida pensara que levantarse temprano podría ser algo bueno. De lunes a viernes Arbea daba latín a las 8:30, después se iba a su oficina a trabajar, después parece que iba a jugar tenis, y listo, a la hora de almuerzo ya era un hombre libre. No recuerdo qué tan cierta es esa rutina, si él me contó lo del tenis o qué. Quizás es un poco inventada, pero después de dos años siendo su alumna, puedo suponer que no debe estar tan alejada de la realidad. Y, bueno, sea así o no, por dios que es una rutina envidiable.

Cuando tomé latín avanzado, un electivo que nadie toma, me quedaba una ventana muy grande después del primer módulo y en la que estaba muy sola, porque quién tomaba clases a esa hora. Recuerdo que fue una época muy buena, en que el tiempo, siempre tan escaso, cundía como nunca. A veces era terrible, muchas veces me daban ganas de ir a dormir a la biblioteca después de latín, y reconozco que infinitas veces llegaba muy tarde o ni alcanzaba a llegar. Bueno, fue una época complicada en muchos aspectos y eso obviamente se reflejaba en los horarios y rutinas. En fin. Luego de ese primer intento, volví a mis horarios nocturnos, avalados por horarios de trabajo y estudios que no me dejaban más opción.

Y es que, además, siempre pensé que la noche era más entretenida y la mañana más nerd, lo que probablemente es cierto, pero para qué les voy a mentir, si tuve dos años un profesor de latín es porque sí, tengo una vida muy nerd en muchos sentidos. Y las mañanas me están viniendo bien.

No ha sido fácil. Al principio lograba dormir más temprano, después de días especialmente agotadores, pero en vez de despertarme temprano, dormía como 10 horas y me despertaba realmente tonta, un poco babeada y muy atrasada. Ah, terribles mañanas, saltar de la cama rápidamente provocándome un shock profundo, salir sin desayunar y con el pelo horrible. Pero de a poco lo he logrado y he pasado de esas mañanas en que no hacía nada, a ser una casi madrugadora que cocina, hace ejercicio y deja el departamento impecable antes de comenzar el día laboralsss. Maravilloso. Ahora quiero empezar a levantarme una hora antes y alcanzar a leer o hacer cosas así. Podría leer mientras desayuno, aunque con mis desayunos masacotudísimos quizás es un poco difícil. Otro día les hablaré de mis desayunos, en serio vale la pena.

domingo, 16 de junio de 2013

Holi

Qué buena onda cuando llegan momentos en que el entusiasmo no se debe a las altas expectativas, que obviamente pueden terminar en un porrazo terrible. El entusiasmo es porque, pase lo que pase, me encanta todo lo que hago, todo lo que se me ocurre, todos mis panoramas, todo lo que tengo la suerte de tener. 
Creo que la mayoría de la gente tiene vidas grises, muy grises. No es mi caso. Y eso se siente bien. He elegido bien, he tenido suerte, he hecho las cosas bien, y como que espanto el gris. 

viernes, 18 de enero de 2013

Lado B


Tener una tienda y pretender seguir haciendo cosas relacionadas con mi carrera es prácticamente un suicidio. Horarios insufribles, mucho trabajo físico, más trabajo mental y una disminución brutal de la vida social.
Pero de a poco se llega a un punto en que el cuerpo y la cabeza se acostumbran, la rutina se hace cada vez más llevadera y entonces, miles de posibilidades surgen. Nuevos horarios, nuevos tiempos hasta ahora inexplorados, luces y ritmos que no había sentido.
Claro, antes las noches del viernes y el sábado eran para salir, a veces también había viernes chico, los otros días salía en la tarde a juntarme con amigos a tomar tecito o helado o cerveza o jugos ricos, quizás íbamos al teatro (hipster), a una exposición (más hipster) o a la inauguración de una exposición (ya, para). Todo lindo, todo fácil, todo predeterminado.
Pero ahora es como vivir en el lado B de las cosas. Aprovecho las mañanas como nunca en mi vida, soy la primera en llegar a todas partes y hago todo rápido, me tomo días libres cuando nadie lo hace, me arranco a la playa vacía, no tengo que hacer fila para ir al Lugar de Moda (@LaJardín), puedo robarme rosas y damascos de jardines de casas lindas sin que nadie me vea, no me da vergüenza hacer ejercicio en las máquinas que ponen en las plazas y cansarme en medio minuto o no saber cómo se usan porque NO HAY NADIE.
Resulta que los días hábiles libres son lo más cómodo del mundo y mucho más entretenidos que los domingos. Siempre hay algo que hacer, pero pareciera que nadie lo sabe. Hacer mi vida en esos momentos en que los demás se encierran a no vivir sus vidas de lunes a viernes es como encontrar una playa paradisíaca desierta.
Puedo escuchar música muy fuerte en el departamento sin que nadie alegue, y puedo cantar por la calle sin que nadie, aparentemente, escuche. Y algo que me encanta es que muchas horas libres un domingo son infinitamente menos productivas que una hora libre un miércoles en la mañana. Pareciera que el inconsciente no quiere ceder, que me obliga a hacer cosas los días de semana. Lo bueno es que esas cosas son tocar melódica, recortar revistas para hacer collages, coser, probar y/o inventar recetas nuevas, hacerme peinados con el shampoo y cosas por el estilo. Buena onda.  

domingo, 11 de noviembre de 2012

Hace mucho tiempo que he estado escribiendo poco por estos lados. No hay que ir a ver las entradas más antiguas para leer en qué estaba mi cabeza el 2010. Me impresiona que en tantos aspectos leo a la misma que soy ahora, a pesar de que han sido años de muchísimos cambios.
Pasé por la Chile, por la Mistral, distintas lecturas y temas que me tenían ocupada, amigos nuevos, idas y venidas de los amigos viejos, capítulos amorosos grotescamente distintos -¿en qué estaba pensando?-, trabajos harto diferentes que implican rutinas igual de diferentes, dos perros y un abuelo menos, y blaaa bla bla. 
Con todo eso, siento que he sido prácticamente la misma. Incluso hay un halo de inercia cuando pienso en estos últimos años. ¿Inercia? ¿Cómo, si no he parado de cambiar? Y entonces la respuesta se hace obvia; siempre esta rutina que no logra ordenarse, arrojada a una serie de cambios que no puedo terminar de enumerar, termina en la misma pieza, con la misma música, los mismos colores, las mismas sensaciones, la misma forma de recordar y planificar. Objetos que están en uno u otro lugar desde hace años, tantas cosas que voy metiendo en una mochila que no me he podido sacar (o no he querido, obvio). 
Hay cosas inmutables que pesan mucho. Buenas y malas. Muy buenas y muy malas. Cosas, desde ropa hasta recuerditos variopintos. Sentimientos, enquistados como traumas o que fluyen y vuelven a fluir tiempo después. Y quizás me equivoque, pero me siento a un paso de una revolución que arrasará con parte de esas cosas hasta ahora inmutables. Al menos con las que ya no me gustan (espero). Y es que algunas me tienen aburrida y otras parecen no tener nada que ver con el rumbo que ha ido tomando mi vida. 
Sí, ya sé, no estoy hablando de cosas concretas y seguramente nadie entiende. Veamos qué pasa y más adelante les cuento cómo me fue con la revolución, quizás ahí suelte algo. 

miércoles, 12 de setiembre de 2012

It Girl

Esto de tener tienda de ropa a veces es como vivir la vida de otro. Gracias a mi espectacular habilidad para los negocios -cada vez estoy más convencida de que sí, efectivamente tengo apellido de judíos conversos-, he hecho muy buenos contactos, lo que implica tener relación con todo un mundo paralelo de moda y famosas de internet. Bloggeras que van a eventos, que twittean todo el tiempo lo que hacen, dónde están, dónde compran, poniendo de moda distintos lugares.
La cosa es que como parte de varios acuerdos a los que llegué con uno de estos buenos contactos, debo escribir algunos artículos tipo Cool Hunter (COOL-HUN-TER, esa onda). Muy matea, me puse a leer muchos blogs de moda y me di cuenta que entre menos contenido, mejor. Yo, inocente, creí que era el momento perfecto de lucirme con referencias pop, juegos de palabras, creando un estilo como si me estuviera creando un personaje, etcétera, etcétera.Estaba tan cerca de una versión fashion de Casi famosos... pero no, los blogs más exitosos son los que dicen menos, y no porque su contenido esté en buenas fotos. Simplemente no dicen nada. Lo peor es que quienes escriben y leen esos artículos, parecen creer que están revolucionando las comunicaciones y que lo que escriben realmente es un aporte. Creen tener un estilo narrativo único, pero usar un par de palabras en cursiva no es estilo, señores.
Asumiendo la realidad y la vergonzosa tarea que tenía por delante, me puse a escribir. Después de cinco correcciones -por cada una fui quitando contenido- me pareció que era un artículo lo suficientemente insípido y lo envié a la editora. Me respondió preguntándome si firmaría con mi nombre completo y si quería agregar mi cuenta de twitter personal junto con la firma. Claro, avergonzada por el artículo, lo había mandado sin firma, lo que me obligó a explicitar que NO pusiera mi nombre. "Tengo una reputación que cuidar, POR DIOS", le hubiese dicho, pero me bajó la amabilidad y solamente le dije que pusiera el nombre y el twitter de la tienda para tener más publicidad.
Al poco rato de enviar el artículo recibí comentarios como "NOOO, TE PASASTE, ¿TU ESCRIBÍ?" "Eeeh, sí... a veces escribo un poco.....". Y así no más di otro paso en este mundo paralelo. Hay tantas lolitas que matarían por ser Cool Hunter y escribir en estas páginas, y a mí la verdad es que no me queda otra cosa que  reírme y pasarlo bien jugando a ser parte de un medio completamente diferente a mi pecera.
Se me ha pasado por la mente poner de mi parte y hacer que estas lolitas lectoras valoren una buena columna de moda. Podría derechamente inventarme un personaje, un estilo, y subirle el pelo a esta cosa. Para qué me voy a hacer la loca, años siguiendo Sex & the City genera algunas fantasías. Pero, pensándolo bien, para qué meterme y cambiarles las reglas. Mejor que cada mundo se quede como es y donde está. Así, podré infiltrarme cuando la rutina me canse un poco.

viernes, 29 de junio de 2012

El regreso

Escucho Holden con al lluvia de fondo. Al lado del computador, un cappuccino y un crepe de nutella del café de al lado. Estoy en la tienda de mi hermano y el movimiento de gente bajó notablemente esta última hora. Es un día más hogareño, parece. Y también parece que están todas las condiciones dadas para retomar mi blog. Me impresiona que pasara tanto tiempo desde la última entrada, no recordaba haber dejado de escribir hace tanto.
Estoy esperando a Rodrigo, el fotógrafo que hizo el lookbook de mi tienda de ropa, de pronta inauguración. Sí, tengo tienda de ropa. El sueño del pibe pero en mujer, me dijo una amiga. Creo que es el punto cúlmine de una serie de cambios que me llevaron a arriesgarme a usar mis ahorros que estaban originalmente destinados a otra cosa, mucho más incierta.
Qué grande que estoy. Ahora invertir tiene sentido, hasta más sentido que estudiar, por ahora. Nuevas prioridades, nuevas oportunidades, he ho, let's go. No, no es que deje los estudios de lado. Jamás. Pero parece que es necesario un marco para hacer las cosas. Un marco para poder tener libertad dentro de ese marco. Porque, miren cómo he madurado, la libertad así sin límites es como el vacío donde ni siquiera cabe la náusea (he estado leyendo a Bolaño).
Y, para qué andamos con cosas, no se trata de tirar el curriculum sobre la mesa, pero tengo 24 años, todavía lejos de los 25, y tengo, además de la licenciatura, un diplomado y un magister. Un respiro no me vendría mal, y ya me siento bastante segura de mis capacidades y de mis proyecciones como para dedicarme a estudiar sola antes de volver al mundo académico oficial. Me importa menos llenar mi curriculum y tener una respuesta para los que me preguntan qué estoy haciendo con mi carrera, y me importa más prepararme de la forma quizás menos oficial y productiva, pero más certera.
Quiero poner en primer lugar mi bienestar, mi aprendizaje, un ritmo de vida que me acomode y me haga feliz. También se trata de asumir las debilidades antes de hacerme la loca y ponerme metas absurdas. Siempre es bueno sentir que los demás están orgullosos de mí, pero es tiempo de que los demás estén orgullosos por las razones correctas, y si no, no me importa absolutamente nada. Solo hay una aprobación que me importa, y esa la tendré en la medida que sea y haga feliz.

viernes, 7 de octubre de 2011

Aunque todo el mundo callara, los hechos mismos gritarían.

"Dios sabe que no busqué en ti nada más que a ti mismo (...) El nombre de esposa parece ser más santo y más vinculante, pero para mi la palabra más dulce es la de amiga y, si no te molesta, la de concubina o meretriz (...) Prefería el amor al matrimonio y la libertad al vínculo conyugal. Dios me es testigo de que, si Augusto -emperador del mundo entero- quisiera honrarme con el matrimonio y me diera la posesión, de por vida, de toda la tierra, sería para mi más honroso y preferiría ser llamada tu ramera, que su emperatriz."

"¿Qué rey o filósofo podía competir en fama contigo? ¿Qué región, ciudad o aldea no tenía ansias de verte? ¿Qué casada o qué virgen no ardía en deseos del ausente y se quemaba con tu presencia? ¿Qué reina o gran mujer no envidiaría mis placeres y mi cama?"

"No debo esperar nada de Dios, pues todavía no tengo conciencia de haber hecho nada por su amor"

"Ojalá, querido mío, confiaras menos en mi amor, para que así fuera más solícito. Pero cuanto más seguro te sabes, más negligente te encuentro".

Eloísa a Abelardo.

lunes, 8 de agosto de 2011

El destino en mi mano

Creo en la adivinación y siempre lo he hecho, o al menos desde que tengo ideas más claras sobre el mundo y mi relación con él. Cuando era chica había un libro de quiromancia dando vueltas por la casa. Nadie sabía cómo había llegado acá, pero de alguna forma lo hizo y yo lo encontré. El hallazgo fue como encontrar la piedra filosofal, y guardé el libro, como si fuera un tesoro, en el cajón de un mueble viejo que estaba en una pieza llena de cachureos, el mejor lugar de la casa por ese entonces (y uno de los mejores de mi vida).
Comencé a leerlo para aprender a leer las líneas de las manos, pero dejé la tarea cuando me di cuenta que el libro era muy poco confiable... quizás una de esas ediciones que venían de regalo con una revista. Desconfié de la tosquedad y liviandad con que enseñaba a predecir temas complejos y sin duda sujetos a muchas variables... ¿es posible que el largo de una línea tenga que ver con el tiempo de vida? Me pareció muy simple, hasta burdo. Y, bueno, la extensión de la línea que supuestamente marca cuánto viviremos es bastante corta en mi mano.
Tiempo después he tenido varias conversaciones en que sale el temita de la mano... al parecer, el libro no era tan chanta. Claro, parto hablando de mi gusto por el tarot o de lo que me dijeron en alguna lectura y alguien supone que por eso me interesará que me lea la mano y la toma sin previo aviso. Trato de hacerme la loca, retiro la mano, yaaa poh déjame leértela, no gracias, ya poh a ver qué dice, es que no creo mucho en lo de las manitos, pero si yo de verdad sé leerlas... y entonces el silencio, los ojos desviados, el brusco cambio de tema, los titubeos. De todas las veces que me ha pasado, sólo dos personas se han atrevido a decirme eeeeh... chuta... tu línea de la vida es súper corta. La peor de las veces fue cuando me lo dijeron después de que conté que no quiero morirme en mucho, mucho tiempo. Cien años es una edad razonable para morir, antes me parece un crimen. La verdad... difícil que llegues a los cien... quizás ni a los sesenta.
Por lo menos me imagino que, aunque las líneas de las manos parecen algo definitivo, pueden ir cambiando así como uno es capaz de tomar lo que dice el tarot como un consejo para tomar las riendas del propio destino. Pensando así, podría ser una suerte tener tal sentencia en la propia palma.
Desde hace ya varios meses he vivido un proceso de ordenar mi vida, mis prioridades, potenciando ciertas cosas y aceptando otras. En medio de eso, todo ha ido mejorando y estoy cada vez mejor, en todo sentido. Los cambios positivos de mi vida me han llevado a cosas más concretas, como comer mejor, dormir mejor, hacer deporte (INÉDITO), y la misma felicidad y por sobre todo la estabilidad ayudan a tener una calidad de vida tanto, tanto mejor. Mi línea de la vida no se ha alargado como esperaba, pero ahora me doy cuenta de que quizás no sea tan terrible morir antes de los cien años... así como voy, quizás podría conformarme con menos. Todo está en mis manos.