sábado, 20 de octubre de 2007

Ch ch ch ch changes

El tiempo es, definitivamente, demasiado complejo para mi. Últimamente mi vida terminó por desordenarse cronológicamente de una forma impresionante. Los anacronismos me sitúan una y otra vez hace más o menos un año, hace medio año, hace dos años, y por otro lado el futuro se acerca vertiginosamente, haciéndome sentir a veces que realmente no vivo en el presente sino en un Loquevendrá que está comenzando o ya comenzó.

Pero con mi línea temporal tan enredada, vuelvo a momentos pasados y puedo ver momentos futuros que me hacen, inevitablemente, juzgar(me) y hacerme mil preguntas de por qué estoy acá o allá y de cómo he hecho las cosas. En un par de días es increíble cómo he cambiado una y otra vez de opinión respecto a mis decisiones. Me arrepiento de tal cosa, pero eso es sólo ahora porque en su momento estuvo bien, pero tampoco me arrepiento en el presente, sino viendo las cosas desde el inevitable futuro. Cosas que yo daba por seguras se desmoronan, y todo lo que hice basándome en esos dogmas personales se desmorona, pero cómo arrepentirme si yo no lo sabía, cómo arrepentirme si en el futuro me hará bien, si quien sabe si esos dogmas vuelven a arraigarse en mi cabeza (y/o corazón), y así, cada vez las cosas se hacen más enredadas (más todavía para el que lee sin saber a qué me refiero).

Y esto del tiempo y el arrepentimiento van de la mano. No es fácil arrepentirse. Soy demasiado orgullosa para eso, pero también soy demasiado orgullosa como para volver a caer en los mismos errores, cosa que de seguro haré si no me arrepiento de ellos. Imposible no citar al Mati, quien afirma jamás arrepentirse de nada porque su personalidad se lo impide. Y es justamente mi personalidad la que me inclina a jamás arrepentirme y a hacerlo constantemente (la bipolaridad ataca de nuevo, señores!). En estas revisiones temporales todo se complica y jamás sé con qué criterio ver las cosas y no quiero quedarme pegada en divagaciones, sin aprender nada de todo lo vivido (que ha sido tanto desde hace ya varios meses).

Y al final todo parece reducirse a algo tan simple: la elección. La elección de algo verdadero. Aunque las cosas no resulten como las imaginé, lo que importa es haber elegido algo verdadero, es haberme arriesgado y haberme acercado más a la felicidad y a la satisfacción cuando opté por darle cierto rumbo a mi vida. Pero el tiempo y su indiscutible complejidad, sus vueltas que me llevan a momentos que no son los presentes y entonces las cosas ya no son tan fáciles, porque con la distancia me pregunto qué tan verdadero fue eso que elegí. Qué tanto lo/me quería como para hacer eso, qué tan cierto era eso que yo creía tan fervientemente, cuánto influyen mis miedos, expectativas, ideas preconcebidas y prejuicios al momento de elegir... Y, para complicar más las cosas, ni siquiera me esfuerzo por hacer un orden temporal o un orden de lo que sea, porque las cosas no pasan como nos enseñan en el colegio ni como nos cuentan en las biografías, las líneas de tiempo no existen, y es todo un enredo, y si no es así, no es vida no más. Debo reconocer que, a pesar de mis “quejas” (no creo que esa sea la mejor palabra, pero no se me ocurre otra... quizás deba decir “comentarios con un dejo de lamento”), me gusta el caos, y necesito el caos. Necesito cuestionarme las cosas y no poder ordenarlas y clasificarlas fríamente... y creo que es porque, al final, todo parece reducirse a algo tan simple: La elección. La elección de algo verdadero. Y es justo en medio del caos cuando surge una sensación, una certeza, la certeza de la duda, un apretón en la guata, un recuerdo que me saca sonrisas o un futuro que planifico con adrenalina, y eso no es otra cosa que la manifestación de lo verdadero.

Y todas estas palabras caóticas, este enredo de ideas que significativamente no tienen un orden temporal muy lógico que digamos, al final se resumen en que no, no quiero arrepentirme, pero también quiero arrepentirme porque tengo ansias de seguir, porque ya estoy siguiendo, y para eso es necesario haber aprendido del error. Y todo este ir y venir por un tiempo que jamás podría graficarse con una línea recta, es un cuestionamiento sobre el arrepentimiento, sobre lo verdadero de lo que elijo a cada momento. O, mejor dicho, todas estas palabras caóticas, este enredo de ideas que significativamente no tienen un orden temporal muy lógico que digamos, al final se resumen en que (¿ya hablé de anacronismos y repeticiones?)
“nadie se aguanta aquí mucho tiempo, ni siquiera tú y yo, hay que vivir combatiéndose, es la ley, la única manera que vale la pena pero duele, Rocamadour, y es sucio y amargo, a ti no te gustaría, tú que ves a veces los corderitos en el campo, o que oyes los pájaros parados en la veleta de la casa. Horacio me trata de sentimental, me trata de materialista, me trata de todo porque no te traigo o porque quiero traerte, porque renuncio, porque quiero ir a verte, porque de golpe comprendo que no puedo ir, porque soy capaz de caminar una hora bajo el agua si en algún barrio que no conozco pasan Potemkin y hay que verlo aunque se caiga el mundo, Rocamadour, porque el mundo ya no importa si uno no tiene fuerzas para seguir eligiendo algo verdadero, si uno se ordena como un cajón de la cómoda y te pone a ti de un lado, el domingo del otro, el amor de la madre, el juguete nuevo, la gare de Montparnasse, el tren, la visita que hay que hacer”. (Y esto, como usted ya lo notó, es de Rayuela)

lunes, 17 de septiembre de 2007

Dame al menos la oportunidad de una destrucción deliciosa

Rasgarnos con uñas y dientes, permitirnos hacer lo indebido y gozarlo hasta que el pudor o el dolor lo impidieran (si es que nuestra libertad nos permitiera sentir pudor o no disfrutar el dolor), sería la única forma de demostrarte el odio que te tengo y el amor de mierda que me oprime al verte.
Si querías hacerme daño, por qué no mordiste mi médula, por qué no hiciste jirones de mi piel ni me penetraste violento, hasta hacer reventar mi interior que arde por la rabia de tu traición.
Por qué en lugar de hacerle daño a mi corazón y mi orgullo, no se lo hiciste a mi cuerpo, por qué no jugaste a Dolmancé ni mordiste mis pezones con fuerza. Quizás me hubiese dolido menos. Quizás me hubiese gustado. Como esa vez que me preguntaste si me dolía, si quería que pararas, y ni aunque hubiese estado agónica, desangrándome por el intestino, te hubiese permitido parar.
Y tú querías que te respondiera que me dolía, para entonces seguir con mayor fuerza, porque veía en el espejo que teníamos frente a nuestro dantesco espectáculo tu cara de placer cuando me retorcía y lanzaba quejidos.
¿Te duele? ¿Te duele?, me decías al oido, mordiendo mi oreja, con tus manos en mis caderas, enterrando las uñas en mi blanca carne, apretándome impetuoso contra ti. Me dolía. Hasta el orgasmo. No como tu traición, que me duele hasta el llanto amargo bajo las sábanas.

martes, 4 de septiembre de 2007

Faces look ugly when you're alone

Me gusta estar sola. Desde que tengo uso de razón que armar y desarmar el mundo en mi cabeza es algo necesario y, a estas alturas, involuntario. Si no me detengo a pensar en lo que hago, leo, digo, siento y veo, me siento como perdida, vulnerable... no funciono bien sin tener ideas claras o al menos confusiones planteadas y asumidas como tales (estoy lejos de tener todo claro en mi vida, de hecho es todo lo contrario... entre más pasa el tiempo, más nebuloso es todo, conozco mas sensaciones y experiencias que se suman a un catálogo de vivencias y pensamientos que ya se hace absolutamente inclasificable y a ratos incomprensible).
Pero El Mundo que me rodea (y creo que un mundo más amplio que ese) no acepta muy fácilmente los momentos de soledad, sin comprender que para algunos es necesario pensar. Y qué tanto, a veces (muchas) quiero estar sola sólo por estarlo, para vegetar y dejar mi mente en blanco por unos minutos (acaso mi mente no está siempre en Blanco? –fomeee-), para poner caras feas, escuchar música y cantar mal, fuerte, mal y un poco más mal, leer, escribir, mirar el techo, llorar...
Un día estaba en el colegio, en tercero básico, creo que en consejo de curso o algo así. Todos estaban conversando, había mucho ruido, y yo quería pensar. Puse los brazos sobre la mesa escondí en ellos mi cabeza, cuando se acerca mi profesora, se arrodilla a mi lado y pregunta con la típica voz de profesorcita básica buena y angelical “¿Qué pasa?”. Levanto mi cabeza y me encuentro con su cara amable, cara de “pobrecita, está sola, la voy a ayudar”. “Nada, estaba pensando”. La tía Blanca (lindo nombre, pero que jamás podría ponerle a una hija porque sería una crueldad que se llamara Blanca X Blanco, y acabo de confesar el único problema que tengo con un apellido que aparentemente es perfecto para mi) me miró con cara de ERES RARA!!!, lo pensó unos segundos, quizás se dio cuenta de que soy un caso perdido (desde tercero básico!!) y me dejó pensar “tranquila”.
Y siempre era así en el colegio. Todo está organizado de tal forma que nunca estemos solos, como si una de las cosas más importantes de nuestra educación sea que no nos dediquemos tiempo a nosotros mismos. Hasta los retiros a los que fui con mi curso (colegio católico, oh dios oh dios, San José de Calasanz, San José de Calasanz, supiste dar tu vida por los demás), que estaban ideados para que “nos conociéramos internamente”, terminaban siendo una sarta de dinámicas que nos pseudo-obligaban a “sincerarnos y abrirnos” con nuestros compañeros para conocernos ENTRE nosotros y ser un curso unido.
Y por lo general, sea en el lugar que sea, no es difícil encontrar gente que a todas luces le teme a la soledad y se rodea de gente que, en el fondo, apenas le importa. Sólo se hacen compañía. Yo prefiero plantearme mis relaciones en soledad, para elegir a quienes realmente quiero a mi lado. Aunque eso signifique que esos que están siempre con un séquito de gente-bulto piense que no soy yo quien elige su soledad sino que hago como que me conformo con lo que me tocó (¡típico! ¿Por qué les cuesta tanto entender que la soledad SÍ puede ser una opción y no una consecuencia de ser rechazado?), o que sientan pena al verme caminar sin compañía (y aquí debo reconocer que me ENERVA que me miren con pena, pero de todas formas lo aguanto con tal de no terminar siendo una cazadora de gente-bulto).


“Leer es una de las pocas formas de la soledad socialmente aceptadas por un mundo que tiende a sospechas de las actividades en singular. Decir “ahora no, estoy leyendo” es un escudo y decir “lo leí en un libro” es una lanza. Así, un libro es un arma de construcción masiva. Leo, luego existo.”
Rodrigo Fresán

¿Será por eso que estudio literatura?

lunes, 13 de agosto de 2007

Siento nostalgia por lo que aún no he vivido.

miércoles, 8 de agosto de 2007

Un punto de fuga


Foucault puede ser un filósofo exepcional, o un paranoico que se siente vigilado y que, para colmo, se proyecta en toda la sociedad. La Comunidad ecológica de Pirque puede ser un panóptico en sí mismo, una pequeña institución víctima de los abusos de poder, habitada por cuerpos dóciles, o un escape a la vigilancia y al abuso de poder de la sociedad, un punto de fuga al sistema carcelario.Si me baso en lo que dicen los medios, interpretándolo según Foucault, la secta católica sería una ironía, un escape de la sociedad para caer en lo mismo o en algo peor: un líder carismático que maneja a los cuerpos dóciles, que se someten a los ejercicios rigurosos que les impone su disciplina, en un lugar clausurado, “heterogéneo a todos los demás y cerrado sobre sí mismo”, donde se general rangos, como el de Roberto Stack, el líder, y hay un control en las actividades, como rezar cada tres horas. Sería aburrido seguir enumerando características de la cuestionada secta que se prestan para un análisis desde Foucault.Pero también puede ser que no todo lo que diga la tele sea verdad (diossanto!), y que este grupo fuera víctima de un análisis un poco amarillista que, para colmo, calza perfecto con las ideas de un pobre hombre que creía que siempre lo vigilaban y manejaban. Es cierto, según nuestra educación y lo que dicen los expertos en sectas (que al fin están ganando plata después de que terminara el debate sobre Orias, el que mató al cura), estas personas no estarían teniendo una respuesta correcta frente a la sociedad, y entonces, ¡juzguémoslos! ¡están locos y creen que son felices pero todos sabemos que no lo son! ¿Acaso no existe la posibilidad de que dos amantes se encuentren junto al muro de Berlín y escapen a la vigilancia? ¿No puede existir un punto negro en el panóptico foucaultiano en el que podamos resguardarnos del “Gran Hermano”?Roberto Stack dice no ser un líder opresor, los habitantes de la secta dicen estar ahí por voluntad propia, y para no basarme sólo en testimonios de personas tan cuestionadas cuyas palabras podrían pesar menos que mis pestañas, sus familiares que viven en sociedad dicen que pueden ir a visitarlos cuando quieran, y que cualquiera puede irse de la parcela de Pirque cuando le parezca.Este intento por alejarme de la visión que prácticamente imponen los medios, y de tratar de entender a los “incomprendidos”, tiene su origen en una experiencia personal, sí, bien personal, pero que creo que vale la pena contar. Quizás algunos recuerden aquella noticia del pobre niñito depresivo y enfermo mental que se tiró al río sin avisar, así que asustó a su familia y amigos al estar desaparecido durante 10 días, entre el 1 y el 10 de noviembre de 2005. Esto fue noticia porque sus parientes y quienes éramos sus amigos, comenzamos una fuerte campaña de búsqueda, empapelando Santiago con carteles con la foto de Santiago Errázuriz y la página http://www.buscandoachago.tk/ para que, quien tuviera alguna información, se contactara con nosotros. Resulta que Chago no era ese niño enfermo que, según La Segunda, escribía en sus nicks de MSN “No quiero vivir más” (su nick generalmente era “Santiago ago ago”, o simplemente "Chago"). Y tampoco creo que fuera un cuerpo dócil que sucumbió ante el suicidio, así como los de la secta de Pirque sucumbieron ante un aislamiento perjudicial (robo la comparación suicidio-aislamiento perjudicial a alguno de estos expertos en sectas, no recuerdo cual, que apareció en las noticias de Chilevisión hace unos días).Un tiempo después de la aparición del cuerpo de Chago, un periodista me entrevistó para hacer un perfil de mi amigo. El *** (“sin descalificaciones personales” [Carreño, Rubí]) me hizo un montón de preguntas insidiosas cuya finalidad era sacarme la frase “Sí, el Chago era todo lo que dicen, era un enfermo*”. Respecto a su talento y creatividad para hacer montajes fotográficos en photoshop, me pidió que me refiriera a las horas que él pasaba en el computador, “lejos de la vida en sociedad” y de las consecuencias que esto traía. Claro, alguien que toca guitarra y que pasa horas “lejos de la vida en sociedad”, ensayando, no es así de cuestionado sólo porque hacemos la asociación “pc-locodepresivoaislado”. Más insidioso se puso cuando yo, inocente o quizás tontamente, cometí el error de decir que Chago era fanático de Radiohead.¿Será que TODO significa que somos cuerpos dóciles, que lo que puede ser un punto de fuga no es más que un engaño que sólo nos lleva a un panóptico que se ve diferente pero que, al final, igual es un panóptico? ¿O puede ser que los integrantes de la secta sean sólo incomprendidos y sí sean felices, como ellos dicen, lejos de la opresión y la vigilancia de la sociedad, y que Chago fuera víctima de una incomprensión de los medios que lo juzgaron como un pobre cuerpo dócil? ¿Alguien que escucha a Radiohead es un depresivo y potencial suicida, o podría haber encontrado un punto de fuga?El Hail to the thief (qué significativo nombre) de Radiohead, lanzado el 2003, es un disco que, además de ser el esperado retorno a las guitarras del grupo, después de los más bien experimentales Kid A (2000) y el Amnesiac (2001), es conciente de la sociedad y sus abusos (ya vieron la carátula?), y que escapa mediante sí mismo, haciendo música, como otros se matan, y otros se aislan. A simple vista este disco puede parecer muy pesimista , un lamento ante la imposibilidad de escapar de la opresión y la vigilancia:It's the devil's way nowThere is no way outYou can scream & youcan shoutIt is too late now
"All hail to the thief"
"But I am not!"
"Don't question my authority
or put me in the dock"(de la canción “
2+2=5”... ¿Orwel?)Pero la conciencia ante el problema y la capacidad de gritar (y de cantar, de escuchar música, de abstraerse), es un escape. Quizás son más valorados en la sociedad otro tipo de escapes, quizás podamos juzgar que el aislamiento (I will / lay me down / in a bunker / underground – de la canción "I will") o el suicidio implican un desequilibrio mental, pero desequilibrados o no, al menos ellos creen que son libres y felices... ¿y qué importa que los demás no lo crean? Personalmente, creo que hay que estar un poco loco para irse a una secta, y jamás lo haría. Tampoco me mataría. Pero qué bueno por los que, a su manera, son capaces de encontrar un rincón en el cual pueden estar a salvo del sistema carcelario y de esa sociedad que describe el Hail to the thief.

*Chago tenía depresión, una enfermedad, por lo tanto, era estríctamente un enfermo. Pero ni los medios ni ese periodista decían "enfermo" en el sentido clínico, sino en un sentido peyorativo.



[Esta entrada fue publicada el semestre pasado en un blog del curso Teoría literaria II, en el que teníamos que publicar entradas que trataran, aunque fuera tangencialmente, algún tema del curso, siempre en el marco de un tema elegido para cada blog. El mío era de música, y para esta entrada específicamente debimos además hablar sobre la comunidad de Pirque. ]

viernes, 27 de julio de 2007

La felicidáh ah ah ah ah

Hace ya un tiempo una conocida que tenía depresión y a la que le habían prohibido casi todas las actividades imaginables porque “no se encontraba en condiciones de hacerlas”, decidió dedicar su tiempo a la lectura. Al contarle a su psicólogo los libros que estaba leyendo, él le “sugirió” que los dejara. Desesperada y aburrida, me pidió que le diera un listado le libros alegres, apropiados para su estado.

Apenas me lo dijo, pensé que sería fácil, que sólo tendría que echar una mirada a mis libros y recurrir a mi memoria. No fue así. Hasta hoy, que ha pasado casi un año, sigo sin encontrar ni un solo libro para recomendarle.

La definición más típica y obvia de lo que es un “clásico”, una obra de la “literatura universal”, es que toma temas trascendentes para el hombre, que sobreviven al pasar del tiempo. Según esto es fácil entender por qué tantas obras están llenas de tristeza, dudas existenciales, frustración, y un largo etcétera. Pero así como hay sufrimientos del hombre que nos son comunes a todos, independiente de tiempo y espacio, la felicidad también lo es, ¿o no?.

“No es la felicidad, es el deseo de felicidad”, me dijo el Mati. Al escucharlo, hasta me sentí un poco tonta de no haberlo pensado antes, pero no fue necesario darle muchas vueltas para que muchos peros se me vinieran a la cabeza. ¿Acaso lo que es inherente al hombre es no ser feliz, querer serlo y no poder? Por suerte, soy una persona que se ha sentido feliz en muchos momentos de su vida. Ahí mismo, cuando hablaba con el Mati, pensé en varios momentos en los que pensé “soy feliz”, así de determinada y concisa, sólo estando con él. Si pensara en otros momentos de mi vida, en otras circunstancias, esa sensación de felicidad se multiplicaría por otras mil veces más.

Entonces me acordé de cuando era más chica, y más depresiva también. Por esos días yo pensaba que la felicidad no era tal si no era absoluta, lo que me llevaba a creer que la felicidad no existe. Es imposible que cuando algo va bien y uno se siente feliz por eso, todos los otros aspectos de la vida vayan igual de bien. Más aún en esa época en la que los conflictos internos, con mi familia y con un entorno que cada vez se diferenciaba más de mí (o yo de él) eran cosa de todos los días (y horas y minutos y segundos). Pero de repente, entre tanta hostilidad, me di cuenta que tomar helado me hacía genuinamente feliz. Y no era lo único. Cantar y bailar con desenfreno una canción que me desquicia y que aparece sorpresivamente en la radio en la maravillosa privacidad de mi pieza, tomar coca cola bien helada cuando ya no se puede más de la sed y el antojo, tener ataques de risa, comer algo rico, una buena conversación con un gran amigo, besos cariños y mariposas en la guata y muchas otras cosas más me hacían feliz, y aún pienso (y siento) así.

Pero ahora tengo la duda de qué tan optimista es esa idea de felicidad. A primera vista claro que lo es, más aún al comprarla con mi idea anterior, pero ¿es realmente optimista entregarse a felicidades tan pasajeras, que hasta pueden acentuar la idea de que la felicidad plena es una utopía? Tan intrascendente es mi idea de felicidad, que ni aparece en los libros. Ni siquiera El libro de los amores ridículos, de Kundera, un libro que a todas luces parece derrochar felicidad, que según las mismas palabras del autor fue escrito en el momento más feliz de su vida, no me parece tan feliz después de todo. Por lo menos, es un libro que no recomendaría a la persona que me pidió la lista, porque sería sumamente fácil para su deprimida cabeza encontrar tristeza y desesperación en los relatos. Cosa que no pasa al revés. Encontrar alegría en un libro triste es algo simplemente imposible.

Tratando de aportar un granito de arena para remediar la situación, intenté escribir algo alegre. Fracaso rotundo. Los relatos que son más alegres, inmediatamente se me hacen más mediocres. Y no es que yo sea muy depresiva para escribir (al menos no ahora) ni que mis intentos de japi end sean objetivamente más malos que el resto de mis cuentos. Quizás, así como el alemán se presta más para la filosofía, el amarillo clarito para las guaguas, los nombres gringos para el vulgo y el óleo para la mímesis, la literatura sea más apropiada para las penurias y asfixias del hombre (cosa que digo sin el menor acercamiento a lo que es la certeza).
Señor lector: Pido su colaboración, su opinión ya sea si está de acuerdo o en desacuerdo (¡en especial en desacuerdo!) y ruego encarecidamente que, si conoce algún libro feliz, me lo haga saber.

martes, 1 de mayo de 2007

Oda a la lengua

En la pieza, con la puerta cerrada pero sin pestillo porque no nos dejan, intentando no hacer ruido porque qué pasaría si nos escucharan, ahogando la risa nerviosa y la de las cosquillas, los dos bajo las sábanas, oscuro, sin aire, primero los besos en labios y cuello, como siempre, como todos, y su lengua que goza y ella que la siente, tibia, húmeda, inquieta, carnosa, por los hombros, alborotadora, no podemos hacer ruido, nadie puede venir, así que sólo la lengua, deliciosa bajo la polera, degustando y absorbiendo piel, piel blanca, piel rosácea, redondeces, y zonas palpitantes.
Lamiola, lamiola entera, hasta el útero ida y vuelta, callados, siempre. Marcas rojimoradas por todo el cuerpo, succiones varias, papilas gustativas excitadas y ella también, salivada, sensible en la piel toda, la lengua que la admira, que la alborota por todos lados, primero en los labios y después en el cuello, como siempre, como todos, después más abajo, un poco más abajo, ella escindida, roja, y la lengua en medio, lengua que sube y baja, lengua carnosa que entra y sale, que saborea y se entibia en viscosidades. Hasta el útero, la lengua.

sábado, 28 de abril de 2007

Staccato

Estaba muy nerviosa. El teatro estaba lleno y era mi primer concierto. Las luces se encendieron, los murmullos del público cesaron y yo estaba paralizada en medio del escenario, mirando mi violín.
Respiré hondo y traté de dejar de lado la timidez. Eran diez composiciones de Bernard Hermann y sería yo quien las ejecutaría. No podía dejar pasar esa oportunidad por un repentino ataque de pánico.
Tomé postura y me lancé. El primer acorde entró por mis oídos y me relajé completamente, dejándome llevar por la melodía. Cada nota jugaba por los aires, danzando en mis oídos y en mi mente. Esas notas disonantes, estridentes y tan reales.
Mis manos corrían por las cuerdas en un pizzicato inigualable, cerré mis ojos y todo se tiñó de un amargo color violeta, y podía oler la leche caliente y escuchar gritos, muchos gritos.
Mi corazón latía staccato, los gritos, mi violín tenía vida propia y cada acorde era una aguja, más gritos, y podía oler la leche caliente. Esa infancia, el cielo violeta del atardecer y ese olor, tantos recuerdos, mi mamá que siempre me daba leche caliente.
Me aferré al violín, lo sentía junto a mi y estábamos los dos en otro mundo, en un mundo propio, hablando el mismo idioma, sintiendo las mismas agujas y era todo color violeta.
***

La niña se quitó el antifaz y lo colgó en la pared junto a los otros.
Todo había empezado cuando le regalaron uno para su cumpleaños y se puso a pintarlo y pegarle mostacillas de colores. Le quedó horrible, pero su vida era tan monótona que decidió ponerse a decorar antifaces.
Nunca podía salir de su casa y a veces ni de su pieza, y si lo hacía, los gritos de sus padres le llegaban como flechas, como punzantes agujas, así que prefería obedecerlos siempre y vivir en la monotonía de su habitación.
Con los antifaces, la niña encontró un pasatiempo y una vía de escape. Cada vez que se ponía uno sentía que ya no era ella y que podía viajar a cualquier lugar, dejar esa vida y ser libre, convertirse en quien quisiera. Podía ser una María Callas, una Anna Pavlova o una Vanessa Mae.
Ya no sabía cuantos antifaces había hecho. No tenía la paciencia de contar todos los que estaban colgados en las paredes de su pieza. Tenía de todos los colores y formas, hechos con distintos materiales y técnicas. El que más le gustaba era uno color violeta, de forma alargada y terminada en finas puntas. Cuando lo usaba, sentía que estaba en otro mundo, en un mundo propio.
***

Su madre entró en la habitación llevando la bandeja con la once. Intentó abrirse paso entre el terrible desorden, corriendo con el pie las hojas de diario que estaban tiradas por todo el suelo y que empapelaban la pared.
Toda la pieza se inundó con el aroma de la leche caliente. Dejó la bandeja sobre la mesita y acarició la cabeza de la niña que parecía no notar su presencia, muy concentrada haciendo movimientos con los brazos y con ese pedazo de diario que siempre tenía sobre su cara amarrado con un elástico.

Este cuento lo escribí hace años ya, y es mi favorito de los que conservo de entre primero y tercero medio más o menos. Ahora podría mejorarlo mucho, la historia me sigue encantando y aaaalgo he mejorado en este tiempo como para poder reescribirlo, pero le tengo un cariño que me impide cambiarlo. Como que es muy de esa época, me leo muy.... mmmm... niña. En fin...
POSTEA, SE QUE LEISTE, POSTEAAAA.

sábado, 14 de abril de 2007

Los sentimientos y observaciones del hombre solitario son al mismo tiempo más confusos y más intensos que los de las gentes sociables; sus pensamientos son más graves, más extraños y siempre tienen un matiz de tristeza. Imágenes y sensaciones que se esfumarían fácilmente con una mirada, con una risa, un cambio de opiniones, se aferran fuertemente en el ánimo del solitario, se ahondan en el silencio y se convierten en acontecimientos, aventuras, sentimientos importantes. La soledad engendra lo original, lo atrevido, y lo extraordinariamente bello; la poesía. Pero engendra también lo desagradable, lo inoportuno, absurdo e inadecuado.
La muerte en Venecia
Thomas Mann

sábado, 3 de marzo de 2007

Películas del vulgo, segunda parte.

Hace un tiempo subí una entrada sobre esas tontas películas hollywoodenses a las que he aprendido a amar, pero sin darme cuenta terminé haciendo una lista de películas que, por intentar buscarles algo en común, y lejos de la idea original, podría decir que tienen grandes escenas con grandes canciones que pasaron a la historia.
Es que al hablar de películas (y libros también), me es difícil clasificar porque son tantas las que merecerían estar en una lista de mis favoritas. Es por eso que decidí hacer varias listas, que iré subiendo de a poco, pensadas bajo los más arbitrarios y antojadizos criterios, para poder nombrar las películas que quiera nombrar, y no las que deba, cosa tanto más aburrida y que se presta para que muchas se me queden en el tintero.
Hoy intentaré capturar la esencia de la lista anterior, para continuarla con aquellas películas que faltaron.
1. No es otra tonta película adolescente.
Para serle fiel a la idea original de las películas tontas, es imposible no incluir el clásico de clásicos, The breakfast club, conocida también como El club de los cinco. Pero seré sincera, para mí esta película no es tonta y tiene un valor incalculable. Además de una espectacular banda sonora que incluye el temón Don’t you forget about me, que me emociona cada vez que aparece por la radio, esta película es el resumen y la obra magna de los ochenta. Cinco estudiantes son castigados y deben pasar todo un sábado en una sala de clases, se conocen, se hacen amigos y hasta se enamoran. Hermoso. Para qué hablar de los protagonistas, las indiscutibles estrellas de la época que, junto a la guapa Demi Moore, formaron el mítico Brat Pack, un grupo de adolescentes actores que eran grito y plata, que lo tenían todo y se daban LA vida, reventándose hasta el hartazgo y viviendo en los más caros hoteles. Los ochentas no hubiesen sido ni la sombra de lo que fueron de no ser por la mítica colorina Molly Ringwald (nunca puedo recordar el apellido, gracias Google), y no se quedan atrás Emilio Estévez (qué puedo decir de EMILIO ESTÉVEZ) y Judd Nelson, oh Judd... Judd... que hace de esta película un clásico gracias a su personaje, el inolvidable rebelde Bender, que pasó a la historia con frases como “Eat my shorts” y “It will be anarchy!!”. Mención especial para Allison, la niña freak que tanto quiero.
Fue un real placer reencontrarme con esta película que vi tantas veces en La red durante mi infancia (típica película del 4, mientras en el 13 daban incansablemente “Querida, encogí a los niños” y “Mira quién habla” y en el 7 “Mi pobre angelito”), pero que injustamente había olvidado. Sólo sabía, cuando veía los comerciales, que yo había visto esa película porque las escenas “me sonaban”. Verla entera nuevamente y recordar cada detalle me hizo reencontrarme con una película que tomó un sitial importante en mis influencias audiovisuales, explicándome tantos otros gustos posteriores. Además, es lindo pensar por un rato que la high school gringa no es tan mierda, que los adolescentes pueden dejar de ser crueles entre ellos y hacerse grandes amigos a pesar de las diferencias (y aquí ya no hablo de zonas geográficas específicas) y que todos tenemos dentro a una freak, un cerebro, un atleta, una princesa y un criminal... un BREAKFAST CLUB !!!
2. ¿Chupa la callampa?
Y porque la lista anterior casi termina siendo explusivamente de musicales, y porque la lista anterior casi termina siendo una oda a Travolta, infaltable es el clásico de los clásicos (y éste si que es clásico de los clásicos)... GREAAASE. El que no ha visto esta película puede comenzar a dibujar una ele en su frente, y a reconocer su condición de aislado de la cultura pop y, simplemente, de la cultura.
No me importa lo que digan, a esta película yo también la amo, y simplemente no diré nada más, porque con ese movimiento pélvico que tiene Travolta y esas inolvidables canciones, las palabras sobran.
Grande Grease, grande grande grande grande, grandísima Grease. Con ustedes, una de las escenas más influyentes en nuestra memorabilia.


3. Make love, not war.
Continuando con la cultura pop, con la música y con las películas cuyo aporte cultural se ha puesto en duda, es imposible no mencionar Hair, un musical de Broadway que se adaptó magistralmente al cine. Está bien, sé que películas sobre la paz y la guerra (nótese cómo le hice al quite a la referencia tolstoiana) hay muchas, y que esas muchas seguramente entregan el mensaje de mejor manera que este desesperado intento de Broadway de integrarse al mundo en un momento en que todos estaban aburridos de los glamorosos musicales que parecían hechos a años y kilómetros de distancia de todo lo que pasaba en ese entonces. Pero qué importa, si igual la película es de esas que quedan en la cabeza, y uno igual se acuerda de que habla de Vietnam y amor y pash ashí shúper en la wena onda y amémonos hermanos jipis, y aunque en Chile no fuera tan conocida, igual no más que tiene canciones que forman parte de la memoria colectiva como Aquarious (sí, yo soy acuario, lo que de la un valor agregado) y Let de sun shine (si usted no ha visto la película y tiene intenciones de hacerlo, no haga click en este link, ya que lo condurcirá al video de la canción final, en el que podrá ver algo que, derechamente, le cagaría la película). Además, aunque no me gusta reconocerlo porque NO es planeado, no puedo negar que algo de jipi tengo, y no hay nada que me de más gusto que esta película con jipis de verdad, de los gringos, no como el chanterío de Piedra Roja, que cantan para que no les corten el pelo y porque aman la vida. Increíble Treat Williams (¡¡¡sí, el de Everwood!!! jajajajaja), aunque todos son tan adorables...

Con ustedes, una de mis canciones favoritas de la película :) (amo la bailá arriba de la mesa)


Y simplemente para no embalarme y terminar escribiendo toda la tarde (y quizás la noche), volveré a dejar de lado a taaaaantas películas que deberían estar aquí. Además, no quiero subir muchos videos de una sola vez. Eeeen fin, sólo me queda por decir... posteeeeea, posteeeeeeeeeeeeea.