Creo en la adivinación y siempre lo he hecho, o al menos desde que tengo ideas más claras sobre el mundo y mi relación con él. Cuando era chica había un libro de quiromancia dando vueltas por la casa. Nadie sabía cómo había llegado acá, pero de alguna forma lo hizo y yo lo encontré. El hallazgo fue como encontrar la piedra filosofal, y guardé el libro, como si fuera un tesoro, en el cajón de un mueble viejo que estaba en una pieza llena de cachureos, el mejor lugar de la casa por ese entonces (y uno de los mejores de mi vida).
Comencé a leerlo para aprender a leer las líneas de las manos, pero dejé la tarea cuando me di cuenta que el libro era muy poco confiable... quizás una de esas ediciones que venían de regalo con una revista. Desconfié de la tosquedad y liviandad con que enseñaba a predecir temas complejos y sin duda sujetos a muchas variables... ¿es posible que el largo de una línea tenga que ver con el tiempo de vida? Me pareció muy simple, hasta burdo. Y, bueno, la extensión de la línea que supuestamente marca cuánto viviremos es bastante corta en mi mano.
Tiempo después he tenido varias conversaciones en que sale el temita de la mano... al parecer, el libro no era tan chanta. Claro, parto hablando de mi gusto por el tarot o de lo que me dijeron en alguna lectura y alguien supone que por eso me interesará que me lea la mano y la toma sin previo aviso. Trato de hacerme la loca, retiro la mano, yaaa poh déjame leértela, no gracias, ya poh a ver qué dice, es que no creo mucho en lo de las manitos, pero si yo de verdad sé leerlas... y entonces el silencio, los ojos desviados, el brusco cambio de tema, los titubeos. De todas las veces que me ha pasado, sólo dos personas se han atrevido a decirme eeeeh... chuta... tu línea de la vida es súper corta. La peor de las veces fue cuando me lo dijeron después de que conté que no quiero morirme en mucho, mucho tiempo. Cien años es una edad razonable para morir, antes me parece un crimen. La verdad... difícil que llegues a los cien... quizás ni a los sesenta.
Por lo menos me imagino que, aunque las líneas de las manos parecen algo definitivo, pueden ir cambiando así como uno es capaz de tomar lo que dice el tarot como un consejo para tomar las riendas del propio destino. Pensando así, podría ser una suerte tener tal sentencia en la propia palma.
Desde hace ya varios meses he vivido un proceso de ordenar mi vida, mis prioridades, potenciando ciertas cosas y aceptando otras. En medio de eso, todo ha ido mejorando y estoy cada vez mejor, en todo sentido. Los cambios positivos de mi vida me han llevado a cosas más concretas, como comer mejor, dormir mejor, hacer deporte (INÉDITO), y la misma felicidad y por sobre todo la estabilidad ayudan a tener una calidad de vida tanto, tanto mejor. Mi línea de la vida no se ha alargado como esperaba, pero ahora me doy cuenta de que quizás no sea tan terrible morir antes de los cien años... así como voy, quizás podría conformarme con menos. Todo está en mis manos.
lunes, 8 de agosto de 2011
viernes, 25 de marzo de 2011
Asterión
Colmillo es el perro de los vecinos. Vive aquí al lado hace muchos años, supongo que es un poco menor que el Gringo, pero a pesar de ser algo viejo, tiene alma de niño. Muy seguido lo escucho jugar con algo que suena como una botella plástica cuando la muerde, tira y arrastra.
Nunca lo he visto. En todos estos años, al menos 11, cada vez que paso por la casa de al lado, miro con la esperanza de que por alguna excepción Colmillo esté ahí, pero siempre lo tienen en el patio de atrás. Imagino que es grande por como suenan sus pisadas, sus juegos, sus ocasionales ladridos y por su nombre (¿un poodle podría llamarse Colmillo? ¿Mis vecinos, chilenos medios de asados de fin de semana, usarían la ironía para nombrar a un perro?)
Me da pena que nunca le hablen con cariño, que nunca lo dejen entrar ni un poquito a la casa o pasar al antejardín para oler a otros perros y ver a otras personas. Deduzco que es tranquilo, que se porta bien, y apenas ladra (en mi casa los ladridos del Gringo pidiendo salir a hacer pipí o pidiendo cariño eran cosa de cada noche, y mi niño malcriado casi nunca se llevó retos por eso), pero muy seguido escucho "¡COLMILLO!" con un tono que hasta a mis perros asusta, o "¡CÓRRETE COLMILLO!" y una patada después del grito. Los juegos de Colmillo con la botella difícilmente son mañas de un perro intranquilo; deben ser su única forma de pasar las horas encerrado en ese patio donde constantemente lo molestan. A veces, cuando escucho los ruidos de la botella, me gusta imaginar que no es su única entretención, y que juega a estar dormido, con los ojos cerrados y la respiración poderosa, o que juega a que hay otro Colmillo, igual a él pero completamente distinto a esos seres humanos a quienes conoce, y que ese otro lo visita y le muestra el patio con grandes reverencias: Ese parrón da una maravillosa sombra para dormir siesta a las 5 o Este árbol está aquí para que podamos correr alrededor hasta quedar con las lenguas afuera o No sé por qué cortaron este árbol tan lindo, el tronco que ves me recuerda todos los años que me acompañó y a los pajaritos que se posaban en él, a los queme gustaba asustar de vez en cuando.
Ahora escucho la botella.
Nunca lo he visto. En todos estos años, al menos 11, cada vez que paso por la casa de al lado, miro con la esperanza de que por alguna excepción Colmillo esté ahí, pero siempre lo tienen en el patio de atrás. Imagino que es grande por como suenan sus pisadas, sus juegos, sus ocasionales ladridos y por su nombre (¿un poodle podría llamarse Colmillo? ¿Mis vecinos, chilenos medios de asados de fin de semana, usarían la ironía para nombrar a un perro?)
Me da pena que nunca le hablen con cariño, que nunca lo dejen entrar ni un poquito a la casa o pasar al antejardín para oler a otros perros y ver a otras personas. Deduzco que es tranquilo, que se porta bien, y apenas ladra (en mi casa los ladridos del Gringo pidiendo salir a hacer pipí o pidiendo cariño eran cosa de cada noche, y mi niño malcriado casi nunca se llevó retos por eso), pero muy seguido escucho "¡COLMILLO!" con un tono que hasta a mis perros asusta, o "¡CÓRRETE COLMILLO!" y una patada después del grito. Los juegos de Colmillo con la botella difícilmente son mañas de un perro intranquilo; deben ser su única forma de pasar las horas encerrado en ese patio donde constantemente lo molestan. A veces, cuando escucho los ruidos de la botella, me gusta imaginar que no es su única entretención, y que juega a estar dormido, con los ojos cerrados y la respiración poderosa, o que juega a que hay otro Colmillo, igual a él pero completamente distinto a esos seres humanos a quienes conoce, y que ese otro lo visita y le muestra el patio con grandes reverencias: Ese parrón da una maravillosa sombra para dormir siesta a las 5 o Este árbol está aquí para que podamos correr alrededor hasta quedar con las lenguas afuera o No sé por qué cortaron este árbol tan lindo, el tronco que ves me recuerda todos los años que me acompañó y a los pajaritos que se posaban en él, a los queme gustaba asustar de vez en cuando.
Ahora escucho la botella.
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miércoles, 10 de noviembre de 2010
Una mente abierta
J: ¿Te parece si le pido a unos profesores que tuve en la universidad que escriban para la revista? ¿Podemos publicar gente de afuera?
M: Claro, nosotros somos súper abiertos... a gente que piense como nosotros.
J: .......
M: Claro, nosotros somos súper abiertos... a gente que piense como nosotros.
J: .......
lunes, 8 de noviembre de 2010
Arcoiris
Cuando era muy chica -todavía no entraba al colegio- fui con mi familia a Puerto Varas. Nos quedamos en una pensión muy bonita con un terreno muy grande. Desde la casa se veía un tronco cortado, y sobre él, un tarro de pintura que tenía dibujado un arcoiris. Mi papá me dijo que de ese tarro nacían los arcoiris. Yo le creí. Cuando hubo uno, fui a ver, pero nada salía del tarro. Mi papá me explicó que no era el único, que había muchos de esos tarros por ahí y que de cualquiera de ellos podrían surgir arcoiris. Aaaah, claaaro, pensé yo. Me encanta acordarme de eso.
domingo, 7 de noviembre de 2010
lunes, 25 de octubre de 2010
Shile, unido y feliz....
Me había negado a escribir aquí de los mineros porque... bueh, quién quiere saber más de ellos. Pero la cosa no se acaba, y llega a niveles cada vez más insospechados. Sí, todos sabemos que la notica se convirtió en el velo sobre la huelga mapuche, pero eso no explica la increíble covertura internacional. ¿Qué "mapuches" tiene que tapar el mundo? Porque, a riesgo de sonar descorazonada, me es imposible creer que todo el mundo está realmente conmovido con la historia.
Mi hermano certeramente me señalaba el éxito de un ministro apolítico, perfecto representante del modelo que se ajusta al Shishtema. No sé si llamar a Golborne "apolítico", pero es cierto que su figura no se asocia a la farandulilla política y que encaja perfecto en el supuesto modelo de una derecha que pone el bienestar y progreso económico "de todos" por sobre la politiquería.
Sin embargo, creo que el problema va mucho más allá. Hay un desplazamiento de valores que realmente me perturba: los chilenos somos felices porque rescataron a los mineros, somos un país que se unió gracias a una titánica operación, y Europa, con sus nefastos líderes políticos, necesita saber que el éxito y la felicidad se pueden lograr incluso en el fin del mundo. Ante esto, los esfuerzos personales parecen ridículos y el famoso "granito de arena" pierde sentido. Separar la basura, no empujar en el metro y preocuparse de estar más contentos parecen estupideces y hasta insensibilidades o muestras de egoísmo ante problemas como el terremoto y los mineros, y especialmente ante soluciones cinematográficas. Las cosas ya no están en nuestras manos: para que seamos felices y tengamos éxito y unidad nacional, necesitamos inversiones exorbitantes que realizan perfectamente hombres que son más empresarios que políticos.
Sí, el rescate fue perfecto, el gobierno lo hizo bien (aunque todo lo que rodea el rescate, lo hizo asqueroso), los plazos no sólo se cumplieron, sino que hubo un notable adelanto, pero no hay que mezclar las cosas. Lo mediático no nos convierte en un país más feliz, y el buen manejo en operaciones de este tipo no tiene nada que ver con una buena calidad de vida, buena educación, etc.
Esto no es un palo político tanto como un lamento por la actitud de las personas. Qué ganas de que se valoricen los aportes personales y no se ridiculicen ante tragedias y éxitos mediáticos, ya ni siquiera nacionales, sino mundiales. A nivel mundial, la tecnología, las inversiones y la especialización se han heroizado más que los mismos mineros. Sin duda todo eso fue necesario en este caso, pero que no se nos olvide que un país es más que una tragedia superada; es un territorio material e inmaterial en el que vivimos nuestra cotidiandad, sueños, proyectos, memorias, etc. El país también lo hacemos nosotros, con granitos de arena.
Mi hermano certeramente me señalaba el éxito de un ministro apolítico, perfecto representante del modelo que se ajusta al Shishtema. No sé si llamar a Golborne "apolítico", pero es cierto que su figura no se asocia a la farandulilla política y que encaja perfecto en el supuesto modelo de una derecha que pone el bienestar y progreso económico "de todos" por sobre la politiquería.
Sin embargo, creo que el problema va mucho más allá. Hay un desplazamiento de valores que realmente me perturba: los chilenos somos felices porque rescataron a los mineros, somos un país que se unió gracias a una titánica operación, y Europa, con sus nefastos líderes políticos, necesita saber que el éxito y la felicidad se pueden lograr incluso en el fin del mundo. Ante esto, los esfuerzos personales parecen ridículos y el famoso "granito de arena" pierde sentido. Separar la basura, no empujar en el metro y preocuparse de estar más contentos parecen estupideces y hasta insensibilidades o muestras de egoísmo ante problemas como el terremoto y los mineros, y especialmente ante soluciones cinematográficas. Las cosas ya no están en nuestras manos: para que seamos felices y tengamos éxito y unidad nacional, necesitamos inversiones exorbitantes que realizan perfectamente hombres que son más empresarios que políticos.
Sí, el rescate fue perfecto, el gobierno lo hizo bien (aunque todo lo que rodea el rescate, lo hizo asqueroso), los plazos no sólo se cumplieron, sino que hubo un notable adelanto, pero no hay que mezclar las cosas. Lo mediático no nos convierte en un país más feliz, y el buen manejo en operaciones de este tipo no tiene nada que ver con una buena calidad de vida, buena educación, etc.
Esto no es un palo político tanto como un lamento por la actitud de las personas. Qué ganas de que se valoricen los aportes personales y no se ridiculicen ante tragedias y éxitos mediáticos, ya ni siquiera nacionales, sino mundiales. A nivel mundial, la tecnología, las inversiones y la especialización se han heroizado más que los mismos mineros. Sin duda todo eso fue necesario en este caso, pero que no se nos olvide que un país es más que una tragedia superada; es un territorio material e inmaterial en el que vivimos nuestra cotidiandad, sueños, proyectos, memorias, etc. El país también lo hacemos nosotros, con granitos de arena.
domingo, 19 de septiembre de 2010
Volvamos a los clásicos
El siniestro Doctor Mortis es, como sabrán, un clásico radioteatro y cómic chileno. Lo que quizás no saben es que pueden escuchar las grabaciones originales en internet. Para muchos septiembre es un caos porque el segundo semestre suele ser más agotador, apretado y recargado, porque se carretea con descontrol para celebrar y de paso olvidarse de todo lo malo del año (igual resulta, aunque sea momentáneamente) y porque algunos, como yo, a estas alturas del año empezamos con los quizás innecesarios y muchas veces agotadores balances, proyecciones y juicios sobre lo que ha sido el año y lo que queremos o quisimos que fuera.Por todas estas cosas, me he estado distrayendo -oh, alivio- con una variopinta lista dentro de la que destaco mis audiciones de El siniestro Doctor Mortis. Al llegar del diplomado, o antes de ir, según la demanda de clases particulares en las tardes, me preparo algo para comer y, entre las risas de mi mamá, voy a encerrarme a mi pieza, a oscuras. Play, y el terror más clásico inunda la habitación y mis sentidos.
En medio del reality de los mineros y de tanto golpe mediático que se ha armado con cualquier tema que se vea exitoso en los facebook y twitters de los nuevos manifestantes de mac y blackberry, es una delicia disfrutar de clichés que no suenan ridículos, añejos, malempleados hasta el hartazgo, sino que relucen haciendo entender por qué llegaron a convertirse en clásicos. Me alegra darme cuenta de que, aunque el radioteatro no tiene en mí el efecto que se dice que tenía en su época, al menos conservo una capacidad de asombro que creo que muchos han perdido. Ojalá puedan disfrutar, como yo, de muertos vivientes, asesinos en serie, camposantos, risas de ultratumba, noches de tormenta y un-cuanto-hay de infaltables del género. Es cierto que no morirán de terror y su sueño difílmente se verá afectado, y que si quieren aterrarse, hasta los matinales, convertidos en crónicas rojas, sirven para eso, pero la maravilla de la construcción de los relatos -a veces sorprendentemente complejos- sigue siendo aplastante, y hay varios que son, por decir lo menos... inquietantes. MMMMUAHAHAHA
sábado, 7 de agosto de 2010
Iluminación
En realidad la palabra huir me gusta porque para mí huir es lo contrario. Yo encuentro que si uno no huye no se acerca a lo que uno desea acercarse.
Claudio Bertoni.
Claudio Bertoni.
lunes, 19 de julio de 2010
Entérese
"Siempre he pensado que si hubiera más librerías y menos farmacias, la gente se enfermaría menos".
Mi mamá.
Mi mamá.
sábado, 3 de julio de 2010
¿Habrán sido los zapatos?
Hace unas dos semanas mi mamá me llevó a comprarme zapatos, para que estuviera más contenta. Me compré tres pares y son lindos, lindos, especialmente unos que parecen antiguos, ¡maravillosos! Cuando se los mostré a mi papá, dijo “pero si son iguales a los de la tía Eulalia”. Los quedé mirando, y son exactamente iguales. EXACTAMENTE.
Hace unos 30 años, mi papá acompañó a mi abuela, la del retrato, a la reducción del cuerpo de la tía Eulalia, que ya llevaba otros 30 años muerta. Obviamente tía mía no es, de mi papá tampoco, quizás de mi abuela, pero algo lejana. Es de esas tías viejas viejas cuyo parentesco nadie recuerda con precisión. Como no tenía parientes más cercanos vivos, fueron ellos, y mi abuela se encontró con la grata sorpresa de que su vestido y zapatos estaban intactos, y esos zapatos eran el último grito de la moda. Obviamente, se los llevó.
Nadie estuvo de acuerdo con que los usara, pero ella no hizo caso, y tuvo razón: fue la envidia de quien la veía con ellos, recibió innumerables elogios, no la atropellaron sorpresivamente, no se atragantó hasta morir, no le cayó nada desde un edificio en construcción y nadie más tenía los mismos. Años después, estando mi abuela ya más vieja y yo muy chica, volvió a usar esos zapatos (tan cíclica que es la moda), que seguían pareciendo nuevos. Un domingo, cuando ella estaba almorzando en la casa con esos zapatos, me enteré de la historia y desde entonces cada vez que los miraba, me daban un poco de susto y desconfianza.
Lo mismo me pasó al ver mis zapatos después de que mi papá notara el increíble parecido y me trajera a la memoria la visión de los zapatos de la difunta y hasta reducida tía Eulalia. Hace un par de días, al desperar, me quedé un rato acostada mirando los zapatos que estaban en un rincón desde hace una semana. Me levanté, y decidí usarlos por primera vez. “Son tan lindos, qué estupidez tenerlos ahí juntado polvo”.
Partí entonces en dirección al Campus Oriente para imprimir algunos textos y fotocopiar otros, lo que debí haber hecho tiempo atrás pero que postergaba y postergaba. Apenas salí, un gato negro se me cruzó, cosa nada rara porque mi calle está siempre llena de gatos, pero claro, por primera vez lo sentí como un mal augurio. Acorté camino cruzando el parque Pucará, como acostumbro hacer, y en medio del pasto había un pajarito muerto, lleno de hormigas. Seguí caminando, haciéndome la indiferente, y al salir del parque noté que en la Iglesia que está justo al frente, estaba entrando mucha gente de negro. Segundos después estaba en la primera esquina que debía cruzar donde hay muchísimo tránsito. Tenía luz roja… y un poco de susto. Cuando cambió la luz, me sentí muy tonta, un poco avergonzada, y crucé a paso seguro, sin que nada me pasara, obviamente. Un par de cuadras y listo, había llegado a mi destino sana y salva.
Fotocopié, imprimí, y taconeando por los lindos pasillos del Campus me dirigía a la puerta para volver a mi casa, ya sin tontos miedos. Casi llegando a la salida, me detuve en seco, perpleja, y me quedé ahí paralizada. Algunas personas que estaban a mi alrededor, con cara de susto miraron en la dirección de mis muy abiertos ojos, pensando que algo terrible debí haber visto, pero no encontraron nada. Yo tampoco veía nada. Mis ojos solamente expresaban espanto, pero eran incapaces de ver, porque mi mente no procesaba nada desde el instante en que me había dado cuenta que sí, algo había muerto. Por primera vez desde hace varias semanas, las ganas de no hacer nada y hundirme en mi cama, en la oscuridad de mi pieza, quedaron enterradas en algún lugar.
Hace unos 30 años, mi papá acompañó a mi abuela, la del retrato, a la reducción del cuerpo de la tía Eulalia, que ya llevaba otros 30 años muerta. Obviamente tía mía no es, de mi papá tampoco, quizás de mi abuela, pero algo lejana. Es de esas tías viejas viejas cuyo parentesco nadie recuerda con precisión. Como no tenía parientes más cercanos vivos, fueron ellos, y mi abuela se encontró con la grata sorpresa de que su vestido y zapatos estaban intactos, y esos zapatos eran el último grito de la moda. Obviamente, se los llevó.
Nadie estuvo de acuerdo con que los usara, pero ella no hizo caso, y tuvo razón: fue la envidia de quien la veía con ellos, recibió innumerables elogios, no la atropellaron sorpresivamente, no se atragantó hasta morir, no le cayó nada desde un edificio en construcción y nadie más tenía los mismos. Años después, estando mi abuela ya más vieja y yo muy chica, volvió a usar esos zapatos (tan cíclica que es la moda), que seguían pareciendo nuevos. Un domingo, cuando ella estaba almorzando en la casa con esos zapatos, me enteré de la historia y desde entonces cada vez que los miraba, me daban un poco de susto y desconfianza.
Lo mismo me pasó al ver mis zapatos después de que mi papá notara el increíble parecido y me trajera a la memoria la visión de los zapatos de la difunta y hasta reducida tía Eulalia. Hace un par de días, al desperar, me quedé un rato acostada mirando los zapatos que estaban en un rincón desde hace una semana. Me levanté, y decidí usarlos por primera vez. “Son tan lindos, qué estupidez tenerlos ahí juntado polvo”.
Partí entonces en dirección al Campus Oriente para imprimir algunos textos y fotocopiar otros, lo que debí haber hecho tiempo atrás pero que postergaba y postergaba. Apenas salí, un gato negro se me cruzó, cosa nada rara porque mi calle está siempre llena de gatos, pero claro, por primera vez lo sentí como un mal augurio. Acorté camino cruzando el parque Pucará, como acostumbro hacer, y en medio del pasto había un pajarito muerto, lleno de hormigas. Seguí caminando, haciéndome la indiferente, y al salir del parque noté que en la Iglesia que está justo al frente, estaba entrando mucha gente de negro. Segundos después estaba en la primera esquina que debía cruzar donde hay muchísimo tránsito. Tenía luz roja… y un poco de susto. Cuando cambió la luz, me sentí muy tonta, un poco avergonzada, y crucé a paso seguro, sin que nada me pasara, obviamente. Un par de cuadras y listo, había llegado a mi destino sana y salva.
Fotocopié, imprimí, y taconeando por los lindos pasillos del Campus me dirigía a la puerta para volver a mi casa, ya sin tontos miedos. Casi llegando a la salida, me detuve en seco, perpleja, y me quedé ahí paralizada. Algunas personas que estaban a mi alrededor, con cara de susto miraron en la dirección de mis muy abiertos ojos, pensando que algo terrible debí haber visto, pero no encontraron nada. Yo tampoco veía nada. Mis ojos solamente expresaban espanto, pero eran incapaces de ver, porque mi mente no procesaba nada desde el instante en que me había dado cuenta que sí, algo había muerto. Por primera vez desde hace varias semanas, las ganas de no hacer nada y hundirme en mi cama, en la oscuridad de mi pieza, quedaron enterradas en algún lugar.
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