Maravilla: Kundera es mucho mejor de lo que recordaba. Tanto, que creo que será el regalón del verano.
Horror: La idea de revisar autores significa que cada minuto que pasa hay algo que no leí y además algo que no releí. Tiempo, tiempo, necesito más tiempo. Me ahoga que pase tan rápido y que quede tanto por leer y releer.
Bipolaridad: No puedo evitar darme todo el tiempo del mundo para desayunar. Difícil que alguien desayune más lento que yo. Me gusta comer rico, me gustan las mañanas, me gusta comer rico en las mañanas en mi departamento, tranquila. Hoy fueron panqueques de plátano (hechos sólo con plátano, TARÁAAAN) con crema de arándanos y crema de mango, además de un agüita de San Juan con jengibre y miel.
Ya chao, me voy a leer.
viernes, 3 de enero de 2014
domingo, 8 de septiembre de 2013
Aquí mandan los libros
Si bien siempre he sido una buena
compradora de libros -al menos desde que ahorraba mis primeras
mesadas y salía a librerías y ferias, ya no tan chica-,
últimamente mi biblioteca ha aumentado vertiginosamente,
quintuplicando el volumen que tenía cuando estudiaba en la
universidad. Trabajo, más plata, mayor necesidad de leer y estudiar
y alguien con quien compartir las nuevas adquisiciones son las
razones obvias, pero no puedo evitar pensar un poco más allá de eso
(siempre).
Recuerdo haber leído o visto una
entrevista de Bolaño donde dijo haber perdido creo que dos
bibliotecas, en Chile y en España, al menos. Manteniendo mi más
profundo respeto, la verdad es que se apagó una lucecita en mi altar
mental a Bolaño. Ok, ok, no puedo discutir las circunstancias de sus
partidas ni su imposibilidad de acarrear con él toneladas de libros
(¿sabían que un metro cúbico de libros pesa en promedio una
tonelada? Espero que el piso del departamento sea muy sólido y nunca
ponga en riesgo la vida de mi vecino del departamento de
abajo), pero esa declaración hizo que se me pararan los pocos pelos.
Es que, en serio, no puede ser. No se trata de ser materialista ni
mucho menos, pero una biblioteca no se abandona, señores.
Pero entonces empiezan las
limitaciones. Si una biblioteca no se abandona, ¿cómo viajar? No me
refiero a viajar en vacaciones ni por trabajo, no, sino a esos viajes
que se hacen porque hay que irse, porque a veces está esa sensación
de dejarlo todo y por qué no irse a Islandia, o por qué no estudiar
en Amsterdam donde me concentro mejor que acá. Me pregunto si es en
este punto donde el inconsciente hace su aparición, y no será que
la recopilación de libros no responde a las razones obvias, sino a
una necesidad insospechada de arraigo, quizás incluso a una
aparentemente terrible e inconsecuente necesidad de aburguesamiento
(hay que asumirlo, una casa con biblioteca es una casa brutalmente
burguesa).
Y entonces aparecen los sueños que sí
son conscientes, y el momento en que me doy cuenta que hay dos grupos
de sueños conscientes que son bastante contradictorios, cosa que me
sorprende no haber percibido antes. La casa con biblioteca con un
chaise longue (ojalá de Eames), un globo terráqueo antiguo y,
ahora, la lámpara de bronce del consorte, por un lado. Por otro, la
vida libre como el vientorss, que sigue el ritmo del momento. Y
¡paf!, advierto que el ritmo por estos tiempos ha sido comprar mucho
más de lo que puedo leer y llevar en una maleta, más de lo que
puedo reconocer cuando empiezo a sacar cuentas y calculo qué otras
cosas podría haber comprado con eso (¿un auto? ¿el pie de un
departamento? No, no reconoceré mi nivel de gasto en libros). Parece
que eso ya ha derivado en un ritmo de vida menos manejable, amarrado
con las arterias a estantes y cajas de libros.
Lo bueno es que ese amarre no me choca,
no me molesta. Me llama un poco la atención, me intriga a ratos,
pero de todas formas es algo que se conecta con una imagen que tenía
desde muy chica en mi mente. La casa con biblioteca que sí, es
burguesa, pero no es ese aburguesamiento de cerdo capitalista, sino
de coleccionista algo perturbado (¿hay coleccionistas no
perturbados?), víctima del horror vacui, que expone con orgullo y en
un acto de ostentación barroca sus diplomas (sí, tengo mis diplomas
colgados junto a mis libros, y qué) y esconde celosamente papeles y
fotos entre páginas que nadie sospecha.
Y la verdad es que ahora que lo pienso,
parece más fácil que las decisiones de mi vida las tome la
biblioteca. No, no puedo, qué haría con los libros; No, esa casa
no, no caben los libros; No, no me alcanza para comprar gas, tengo que comprarme un libro (adivine cuál de estas situaciones ya
ocurrió).
sábado, 17 de agosto de 2013
¡Buenos días!
Siempre he sido de hábitos nocturnos.
Muy nocturnos. De quedarme dormida después de las 4 de la mañana o
pasar de largo como si nada. Pero todo ha cambiado. No sé si será
la edad o una serie de cambios de rutina y alimenticios, o quizás
todo junto, pero el punto es que me da sueño mucho más temprano y
necesito tener mañanas productivas, así que empezar a levantarme
temprano se ha convertido en una obligación y finalmente en un
placer.
Después de ser una apasionada
admiradora de la noche con su silencio, sus luces amarillas y todas
las connotaciones literarias que podemos añadir, he pasado
lentamente por un proceso de valorar las maravillas de la mañana. La
luz es distinta, la gente es muy amorosa cuando salgo a comprar, todo
tiene mejor olor y a algunas horas de la mañana también hay silencio, un silencio
más calmado que el de la noche, que ahora siento más cansado.
Además, viviendo sola todo es harto más silencioso, y en un
departamento de paredes muy sólidas, más aún.
Antonio Arbea, mi profesor de latín en la universidad. A él le debo que por primera vez en mi vida pensara que levantarse temprano podría ser algo bueno. De lunes a viernes Arbea daba latín a las 8:30, después se iba a su oficina a trabajar, después parece que iba a jugar tenis, y listo, a la hora de almuerzo ya era un hombre libre. No recuerdo qué tan cierta es esa rutina, si él me contó lo del tenis o qué. Quizás es un poco inventada, pero después de dos años siendo su alumna, puedo suponer que no debe estar tan alejada de la realidad. Y, bueno, sea así o no, por dios que es una rutina envidiable.
Cuando tomé latín avanzado, un electivo que nadie toma, me quedaba una ventana muy grande después del primer módulo y en la que estaba muy sola, porque quién tomaba clases a esa hora. Recuerdo que fue una época muy buena, en que el tiempo, siempre tan escaso, cundía como nunca. A veces era terrible, muchas veces me daban ganas de ir a dormir a la biblioteca después de latín, y reconozco que infinitas veces llegaba muy tarde o ni alcanzaba a llegar. Bueno, fue una época complicada en muchos aspectos y eso obviamente se reflejaba en los horarios y rutinas. En fin. Luego de ese primer intento, volví a mis horarios nocturnos, avalados por horarios de trabajo y estudios que no me dejaban más opción.
Y es que, además, siempre pensé que la noche era más entretenida y la mañana más nerd, lo que probablemente es cierto, pero para qué les voy a mentir, si tuve dos años un profesor de latín es porque sí, tengo una vida muy nerd en muchos sentidos. Y las mañanas me están viniendo bien.
No ha sido fácil. Al principio lograba
dormir más temprano, después de días especialmente agotadores,
pero en vez de despertarme temprano, dormía como 10 horas y me
despertaba realmente tonta, un poco babeada y muy atrasada. Ah,
terribles mañanas, saltar de la cama rápidamente provocándome un
shock profundo, salir sin desayunar y con el pelo horrible. Pero de a
poco lo he logrado y he pasado de esas mañanas en que no hacía nada,
a ser una casi madrugadora que cocina, hace ejercicio y deja el
departamento impecable antes de comenzar el día laboralsss.
Maravilloso. Ahora quiero empezar a levantarme una hora antes y
alcanzar a leer o hacer cosas así. Podría leer mientras desayuno,
aunque con mis desayunos masacotudísimos quizás es un poco difícil.
Otro día les hablaré de mis desayunos, en serio vale la pena.
domingo, 16 de junio de 2013
Holi
Qué buena onda cuando llegan momentos en que el entusiasmo no se debe a las altas expectativas, que obviamente pueden terminar en un porrazo terrible. El entusiasmo es porque, pase lo que pase, me encanta todo lo que hago, todo lo que se me ocurre, todos mis panoramas, todo lo que tengo la suerte de tener.
Creo que la mayoría de la gente tiene vidas grises, muy grises. No es mi caso. Y eso se siente bien. He elegido bien, he tenido suerte, he hecho las cosas bien, y como que espanto el gris.
viernes, 18 de enero de 2013
Lado B
Tener una tienda y pretender seguir
haciendo cosas relacionadas con mi carrera es prácticamente un
suicidio. Horarios insufribles, mucho trabajo físico, más trabajo
mental y una disminución brutal de la vida social.
Pero de a poco se llega a un punto en
que el cuerpo y la cabeza se acostumbran, la rutina se hace cada vez
más llevadera y entonces, miles de posibilidades surgen. Nuevos
horarios, nuevos tiempos hasta ahora inexplorados, luces y ritmos que
no había sentido.
Claro, antes las noches del viernes y
el sábado eran para salir, a veces también había viernes chico,
los otros días salía en la tarde a juntarme con amigos a tomar
tecito o helado o cerveza o jugos ricos, quizás íbamos al teatro
(hipster), a una exposición (más hipster) o a la inauguración de
una exposición (ya, para). Todo lindo, todo fácil, todo
predeterminado.
Pero ahora es como vivir en el lado B de las cosas.
Aprovecho las mañanas como nunca en mi vida, soy la primera en
llegar a todas partes y hago todo rápido, me tomo días libres
cuando nadie lo hace, me arranco a la playa vacía, no tengo que
hacer fila para ir al Lugar de Moda (@LaJardín), puedo robarme rosas
y damascos de jardines de casas lindas sin que nadie me vea, no me da
vergüenza hacer ejercicio en las máquinas que ponen en las plazas y
cansarme en medio minuto o no saber cómo se usan porque NO HAY
NADIE.
Resulta que los días hábiles libres
son lo más cómodo del mundo y mucho más entretenidos que los
domingos. Siempre hay algo que hacer, pero pareciera que nadie lo
sabe. Hacer mi vida en esos momentos en que los demás se encierran a
no vivir sus vidas de lunes a viernes es como encontrar una playa
paradisíaca desierta.
Puedo escuchar música muy fuerte en el
departamento sin que nadie alegue, y puedo cantar por la calle sin
que nadie, aparentemente, escuche. Y algo que me encanta es que
muchas horas libres un domingo son infinitamente menos productivas
que una hora libre un miércoles en la mañana. Pareciera que el
inconsciente no quiere ceder, que me obliga a hacer cosas los días
de semana. Lo bueno es que esas cosas son tocar melódica, recortar
revistas para hacer collages, coser, probar y/o inventar recetas
nuevas, hacerme peinados con el shampoo y cosas por el estilo. Buena
onda.
domingo, 11 de noviembre de 2012
Hace mucho tiempo que he estado escribiendo poco por estos lados. No hay que ir a ver las entradas más antiguas para leer en qué estaba mi cabeza el 2010. Me impresiona que en tantos aspectos leo a la misma que soy ahora, a pesar de que han sido años de muchísimos cambios.
Pasé por la Chile, por la Mistral, distintas lecturas y temas que me tenían ocupada, amigos nuevos, idas y venidas de los amigos viejos, capítulos amorosos grotescamente distintos -¿en qué estaba pensando?-, trabajos harto diferentes que implican rutinas igual de diferentes, dos perros y un abuelo menos, y blaaa bla bla.
Con todo eso, siento que he sido prácticamente la misma. Incluso hay un halo de inercia cuando pienso en estos últimos años. ¿Inercia? ¿Cómo, si no he parado de cambiar? Y entonces la respuesta se hace obvia; siempre esta rutina que no logra ordenarse, arrojada a una serie de cambios que no puedo terminar de enumerar, termina en la misma pieza, con la misma música, los mismos colores, las mismas sensaciones, la misma forma de recordar y planificar. Objetos que están en uno u otro lugar desde hace años, tantas cosas que voy metiendo en una mochila que no me he podido sacar (o no he querido, obvio).
Hay cosas inmutables que pesan mucho. Buenas y malas. Muy buenas y muy malas. Cosas, desde ropa hasta recuerditos variopintos. Sentimientos, enquistados como traumas o que fluyen y vuelven a fluir tiempo después. Y quizás me equivoque, pero me siento a un paso de una revolución que arrasará con parte de esas cosas hasta ahora inmutables. Al menos con las que ya no me gustan (espero). Y es que algunas me tienen aburrida y otras parecen no tener nada que ver con el rumbo que ha ido tomando mi vida.
Sí, ya sé, no estoy hablando de cosas concretas y seguramente nadie entiende. Veamos qué pasa y más adelante les cuento cómo me fue con la revolución, quizás ahí suelte algo.
miércoles, 12 de septiembre de 2012
It Girl
Esto de tener tienda de ropa a veces es como vivir la vida de otro. Gracias a mi espectacular habilidad para los negocios -cada vez estoy más convencida de que sí, efectivamente tengo apellido de judíos conversos-, he hecho muy buenos contactos, lo que implica tener relación con todo un mundo paralelo de moda y famosas de internet. Bloggeras que van a eventos, que twittean todo el tiempo lo que hacen, dónde están, dónde compran, poniendo de moda distintos lugares.
La cosa es que como parte de varios acuerdos a los que llegué con uno de estos buenos contactos, debo escribir algunos artículos tipo Cool Hunter (COOL-HUN-TER, esa onda). Muy matea, me puse a leer muchos blogs de moda y me di cuenta que entre menos contenido, mejor. Yo, inocente, creí que era el momento perfecto de lucirme con referencias pop, juegos de palabras, creando un estilo como si me estuviera creando un personaje, etcétera, etcétera.Estaba tan cerca de una versión fashion de Casi famosos... pero no, los blogs más exitosos son los que dicen menos, y no porque su contenido esté en buenas fotos. Simplemente no dicen nada. Lo peor es que quienes escriben y leen esos artículos, parecen creer que están revolucionando las comunicaciones y que lo que escriben realmente es un aporte. Creen tener un estilo narrativo único, pero usar un par de palabras en cursiva no es estilo, señores.
Asumiendo la realidad y la vergonzosa tarea que tenía por delante, me puse a escribir. Después de cinco correcciones -por cada una fui quitando contenido- me pareció que era un artículo lo suficientemente insípido y lo envié a la editora. Me respondió preguntándome si firmaría con mi nombre completo y si quería agregar mi cuenta de twitter personal junto con la firma. Claro, avergonzada por el artículo, lo había mandado sin firma, lo que me obligó a explicitar que NO pusiera mi nombre. "Tengo una reputación que cuidar, POR DIOS", le hubiese dicho, pero me bajó la amabilidad y solamente le dije que pusiera el nombre y el twitter de la tienda para tener más publicidad.
Al poco rato de enviar el artículo recibí comentarios como "NOOO, TE PASASTE, ¿TU ESCRIBÍ?" "Eeeh, sí... a veces escribo un poco.....". Y así no más di otro paso en este mundo paralelo. Hay tantas lolitas que matarían por ser Cool Hunter y escribir en estas páginas, y a mí la verdad es que no me queda otra cosa que reírme y pasarlo bien jugando a ser parte de un medio completamente diferente a mi pecera.
Se me ha pasado por la mente poner de mi parte y hacer que estas lolitas lectoras valoren una buena columna de moda. Podría derechamente inventarme un personaje, un estilo, y subirle el pelo a esta cosa. Para qué me voy a hacer la loca, años siguiendo Sex & the City genera algunas fantasías. Pero, pensándolo bien, para qué meterme y cambiarles las reglas. Mejor que cada mundo se quede como es y donde está. Así, podré infiltrarme cuando la rutina me canse un poco.
La cosa es que como parte de varios acuerdos a los que llegué con uno de estos buenos contactos, debo escribir algunos artículos tipo Cool Hunter (COOL-HUN-TER, esa onda). Muy matea, me puse a leer muchos blogs de moda y me di cuenta que entre menos contenido, mejor. Yo, inocente, creí que era el momento perfecto de lucirme con referencias pop, juegos de palabras, creando un estilo como si me estuviera creando un personaje, etcétera, etcétera.Estaba tan cerca de una versión fashion de Casi famosos... pero no, los blogs más exitosos son los que dicen menos, y no porque su contenido esté en buenas fotos. Simplemente no dicen nada. Lo peor es que quienes escriben y leen esos artículos, parecen creer que están revolucionando las comunicaciones y que lo que escriben realmente es un aporte. Creen tener un estilo narrativo único, pero usar un par de palabras en cursiva no es estilo, señores.
Asumiendo la realidad y la vergonzosa tarea que tenía por delante, me puse a escribir. Después de cinco correcciones -por cada una fui quitando contenido- me pareció que era un artículo lo suficientemente insípido y lo envié a la editora. Me respondió preguntándome si firmaría con mi nombre completo y si quería agregar mi cuenta de twitter personal junto con la firma. Claro, avergonzada por el artículo, lo había mandado sin firma, lo que me obligó a explicitar que NO pusiera mi nombre. "Tengo una reputación que cuidar, POR DIOS", le hubiese dicho, pero me bajó la amabilidad y solamente le dije que pusiera el nombre y el twitter de la tienda para tener más publicidad.
Al poco rato de enviar el artículo recibí comentarios como "NOOO, TE PASASTE, ¿TU ESCRIBÍ?" "Eeeh, sí... a veces escribo un poco.....". Y así no más di otro paso en este mundo paralelo. Hay tantas lolitas que matarían por ser Cool Hunter y escribir en estas páginas, y a mí la verdad es que no me queda otra cosa que reírme y pasarlo bien jugando a ser parte de un medio completamente diferente a mi pecera.
Se me ha pasado por la mente poner de mi parte y hacer que estas lolitas lectoras valoren una buena columna de moda. Podría derechamente inventarme un personaje, un estilo, y subirle el pelo a esta cosa. Para qué me voy a hacer la loca, años siguiendo Sex & the City genera algunas fantasías. Pero, pensándolo bien, para qué meterme y cambiarles las reglas. Mejor que cada mundo se quede como es y donde está. Así, podré infiltrarme cuando la rutina me canse un poco.
viernes, 29 de junio de 2012
El regreso
Escucho Holden con al lluvia de fondo. Al lado del computador, un cappuccino y un crepe de nutella del café de al lado. Estoy en la tienda de mi hermano y el movimiento de gente bajó notablemente esta última hora. Es un día más hogareño, parece. Y también parece que están todas las condiciones dadas para retomar mi blog. Me impresiona que pasara tanto tiempo desde la última entrada, no recordaba haber dejado de escribir hace tanto.
Estoy esperando a Rodrigo, el fotógrafo que hizo el lookbook de mi tienda de ropa, de pronta inauguración. Sí, tengo tienda de ropa. El sueño del pibe pero en mujer, me dijo una amiga. Creo que es el punto cúlmine de una serie de cambios que me llevaron a arriesgarme a usar mis ahorros que estaban originalmente destinados a otra cosa, mucho más incierta.
Qué grande que estoy. Ahora invertir tiene sentido, hasta más sentido que estudiar, por ahora. Nuevas prioridades, nuevas oportunidades, he ho, let's go. No, no es que deje los estudios de lado. Jamás. Pero parece que es necesario un marco para hacer las cosas. Un marco para poder tener libertad dentro de ese marco. Porque, miren cómo he madurado, la libertad así sin límites es como el vacío donde ni siquiera cabe la náusea (he estado leyendo a Bolaño).
Y, para qué andamos con cosas, no se trata de tirar el curriculum sobre la mesa, pero tengo 24 años, todavía lejos de los 25, y tengo, además de la licenciatura, un diplomado y un magister. Un respiro no me vendría mal, y ya me siento bastante segura de mis capacidades y de mis proyecciones como para dedicarme a estudiar sola antes de volver al mundo académico oficial. Me importa menos llenar mi curriculum y tener una respuesta para los que me preguntan qué estoy haciendo con mi carrera, y me importa más prepararme de la forma quizás menos oficial y productiva, pero más certera.
Quiero poner en primer lugar mi bienestar, mi aprendizaje, un ritmo de vida que me acomode y me haga feliz. También se trata de asumir las debilidades antes de hacerme la loca y ponerme metas absurdas. Siempre es bueno sentir que los demás están orgullosos de mí, pero es tiempo de que los demás estén orgullosos por las razones correctas, y si no, no me importa absolutamente nada. Solo hay una aprobación que me importa, y esa la tendré en la medida que sea y haga feliz.
Estoy esperando a Rodrigo, el fotógrafo que hizo el lookbook de mi tienda de ropa, de pronta inauguración. Sí, tengo tienda de ropa. El sueño del pibe pero en mujer, me dijo una amiga. Creo que es el punto cúlmine de una serie de cambios que me llevaron a arriesgarme a usar mis ahorros que estaban originalmente destinados a otra cosa, mucho más incierta.
Qué grande que estoy. Ahora invertir tiene sentido, hasta más sentido que estudiar, por ahora. Nuevas prioridades, nuevas oportunidades, he ho, let's go. No, no es que deje los estudios de lado. Jamás. Pero parece que es necesario un marco para hacer las cosas. Un marco para poder tener libertad dentro de ese marco. Porque, miren cómo he madurado, la libertad así sin límites es como el vacío donde ni siquiera cabe la náusea (he estado leyendo a Bolaño).
Y, para qué andamos con cosas, no se trata de tirar el curriculum sobre la mesa, pero tengo 24 años, todavía lejos de los 25, y tengo, además de la licenciatura, un diplomado y un magister. Un respiro no me vendría mal, y ya me siento bastante segura de mis capacidades y de mis proyecciones como para dedicarme a estudiar sola antes de volver al mundo académico oficial. Me importa menos llenar mi curriculum y tener una respuesta para los que me preguntan qué estoy haciendo con mi carrera, y me importa más prepararme de la forma quizás menos oficial y productiva, pero más certera.
Quiero poner en primer lugar mi bienestar, mi aprendizaje, un ritmo de vida que me acomode y me haga feliz. También se trata de asumir las debilidades antes de hacerme la loca y ponerme metas absurdas. Siempre es bueno sentir que los demás están orgullosos de mí, pero es tiempo de que los demás estén orgullosos por las razones correctas, y si no, no me importa absolutamente nada. Solo hay una aprobación que me importa, y esa la tendré en la medida que sea y haga feliz.
viernes, 7 de octubre de 2011
Aunque todo el mundo callara, los hechos mismos gritarían.
"Dios sabe que no busqué en ti nada más que a ti mismo (...) El nombre de esposa parece ser más santo y más vinculante, pero para mi la palabra más dulce es la de amiga y, si no te molesta, la de concubina o meretriz (...) Prefería el amor al matrimonio y la libertad al vínculo conyugal. Dios me es testigo de que, si Augusto -emperador del mundo entero- quisiera honrarme con el matrimonio y me diera la posesión, de por vida, de toda la tierra, sería para mi más honroso y preferiría ser llamada tu ramera, que su emperatriz."
"¿Qué rey o filósofo podía competir en fama contigo? ¿Qué región, ciudad o aldea no tenía ansias de verte? ¿Qué casada o qué virgen no ardía en deseos del ausente y se quemaba con tu presencia? ¿Qué reina o gran mujer no envidiaría mis placeres y mi cama?"
"No debo esperar nada de Dios, pues todavía no tengo conciencia de haber hecho nada por su amor"
"Ojalá, querido mío, confiaras menos en mi amor, para que así fuera más solícito. Pero cuanto más seguro te sabes, más negligente te encuentro".
Eloísa a Abelardo.
"¿Qué rey o filósofo podía competir en fama contigo? ¿Qué región, ciudad o aldea no tenía ansias de verte? ¿Qué casada o qué virgen no ardía en deseos del ausente y se quemaba con tu presencia? ¿Qué reina o gran mujer no envidiaría mis placeres y mi cama?"
"No debo esperar nada de Dios, pues todavía no tengo conciencia de haber hecho nada por su amor"
"Ojalá, querido mío, confiaras menos en mi amor, para que así fuera más solícito. Pero cuanto más seguro te sabes, más negligente te encuentro".
Eloísa a Abelardo.
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La pura verdad (dicha por otros),
Mundo literario
lunes, 8 de agosto de 2011
El destino en mi mano
Creo en la adivinación y siempre lo he hecho, o al menos desde que tengo ideas más claras sobre el mundo y mi relación con él. Cuando era chica había un libro de quiromancia dando vueltas por la casa. Nadie sabía cómo había llegado acá, pero de alguna forma lo hizo y yo lo encontré. El hallazgo fue como encontrar la piedra filosofal, y guardé el libro, como si fuera un tesoro, en el cajón de un mueble viejo que estaba en una pieza llena de cachureos, el mejor lugar de la casa por ese entonces (y uno de los mejores de mi vida).
Comencé a leerlo para aprender a leer las líneas de las manos, pero dejé la tarea cuando me di cuenta que el libro era muy poco confiable... quizás una de esas ediciones que venían de regalo con una revista. Desconfié de la tosquedad y liviandad con que enseñaba a predecir temas complejos y sin duda sujetos a muchas variables... ¿es posible que el largo de una línea tenga que ver con el tiempo de vida? Me pareció muy simple, hasta burdo. Y, bueno, la extensión de la línea que supuestamente marca cuánto viviremos es bastante corta en mi mano.
Tiempo después he tenido varias conversaciones en que sale el temita de la mano... al parecer, el libro no era tan chanta. Claro, parto hablando de mi gusto por el tarot o de lo que me dijeron en alguna lectura y alguien supone que por eso me interesará que me lea la mano y la toma sin previo aviso. Trato de hacerme la loca, retiro la mano, yaaa poh déjame leértela, no gracias, ya poh a ver qué dice, es que no creo mucho en lo de las manitos, pero si yo de verdad sé leerlas... y entonces el silencio, los ojos desviados, el brusco cambio de tema, los titubeos. De todas las veces que me ha pasado, sólo dos personas se han atrevido a decirme eeeeh... chuta... tu línea de la vida es súper corta. La peor de las veces fue cuando me lo dijeron después de que conté que no quiero morirme en mucho, mucho tiempo. Cien años es una edad razonable para morir, antes me parece un crimen. La verdad... difícil que llegues a los cien... quizás ni a los sesenta.
Por lo menos me imagino que, aunque las líneas de las manos parecen algo definitivo, pueden ir cambiando así como uno es capaz de tomar lo que dice el tarot como un consejo para tomar las riendas del propio destino. Pensando así, podría ser una suerte tener tal sentencia en la propia palma.
Desde hace ya varios meses he vivido un proceso de ordenar mi vida, mis prioridades, potenciando ciertas cosas y aceptando otras. En medio de eso, todo ha ido mejorando y estoy cada vez mejor, en todo sentido. Los cambios positivos de mi vida me han llevado a cosas más concretas, como comer mejor, dormir mejor, hacer deporte (INÉDITO), y la misma felicidad y por sobre todo la estabilidad ayudan a tener una calidad de vida tanto, tanto mejor. Mi línea de la vida no se ha alargado como esperaba, pero ahora me doy cuenta de que quizás no sea tan terrible morir antes de los cien años... así como voy, quizás podría conformarme con menos. Todo está en mis manos.
Comencé a leerlo para aprender a leer las líneas de las manos, pero dejé la tarea cuando me di cuenta que el libro era muy poco confiable... quizás una de esas ediciones que venían de regalo con una revista. Desconfié de la tosquedad y liviandad con que enseñaba a predecir temas complejos y sin duda sujetos a muchas variables... ¿es posible que el largo de una línea tenga que ver con el tiempo de vida? Me pareció muy simple, hasta burdo. Y, bueno, la extensión de la línea que supuestamente marca cuánto viviremos es bastante corta en mi mano.
Tiempo después he tenido varias conversaciones en que sale el temita de la mano... al parecer, el libro no era tan chanta. Claro, parto hablando de mi gusto por el tarot o de lo que me dijeron en alguna lectura y alguien supone que por eso me interesará que me lea la mano y la toma sin previo aviso. Trato de hacerme la loca, retiro la mano, yaaa poh déjame leértela, no gracias, ya poh a ver qué dice, es que no creo mucho en lo de las manitos, pero si yo de verdad sé leerlas... y entonces el silencio, los ojos desviados, el brusco cambio de tema, los titubeos. De todas las veces que me ha pasado, sólo dos personas se han atrevido a decirme eeeeh... chuta... tu línea de la vida es súper corta. La peor de las veces fue cuando me lo dijeron después de que conté que no quiero morirme en mucho, mucho tiempo. Cien años es una edad razonable para morir, antes me parece un crimen. La verdad... difícil que llegues a los cien... quizás ni a los sesenta.
Por lo menos me imagino que, aunque las líneas de las manos parecen algo definitivo, pueden ir cambiando así como uno es capaz de tomar lo que dice el tarot como un consejo para tomar las riendas del propio destino. Pensando así, podría ser una suerte tener tal sentencia en la propia palma.
Desde hace ya varios meses he vivido un proceso de ordenar mi vida, mis prioridades, potenciando ciertas cosas y aceptando otras. En medio de eso, todo ha ido mejorando y estoy cada vez mejor, en todo sentido. Los cambios positivos de mi vida me han llevado a cosas más concretas, como comer mejor, dormir mejor, hacer deporte (INÉDITO), y la misma felicidad y por sobre todo la estabilidad ayudan a tener una calidad de vida tanto, tanto mejor. Mi línea de la vida no se ha alargado como esperaba, pero ahora me doy cuenta de que quizás no sea tan terrible morir antes de los cien años... así como voy, quizás podría conformarme con menos. Todo está en mis manos.
viernes, 25 de marzo de 2011
Asterión
Colmillo es el perro de los vecinos. Vive aquí al lado hace muchos años, supongo que es un poco menor que el Gringo, pero a pesar de ser algo viejo, tiene alma de niño. Muy seguido lo escucho jugar con algo que suena como una botella plástica cuando la muerde, tira y arrastra.
Nunca lo he visto. En todos estos años, al menos 11, cada vez que paso por la casa de al lado, miro con la esperanza de que por alguna excepción Colmillo esté ahí, pero siempre lo tienen en el patio de atrás. Imagino que es grande por como suenan sus pisadas, sus juegos, sus ocasionales ladridos y por su nombre (¿un poodle podría llamarse Colmillo? ¿Mis vecinos, chilenos medios de asados de fin de semana, usarían la ironía para nombrar a un perro?)
Me da pena que nunca le hablen con cariño, que nunca lo dejen entrar ni un poquito a la casa o pasar al antejardín para oler a otros perros y ver a otras personas. Deduzco que es tranquilo, que se porta bien, y apenas ladra (en mi casa los ladridos del Gringo pidiendo salir a hacer pipí o pidiendo cariño eran cosa de cada noche, y mi niño malcriado casi nunca se llevó retos por eso), pero muy seguido escucho "¡COLMILLO!" con un tono que hasta a mis perros asusta, o "¡CÓRRETE COLMILLO!" y una patada después del grito. Los juegos de Colmillo con la botella difícilmente son mañas de un perro intranquilo; deben ser su única forma de pasar las horas encerrado en ese patio donde constantemente lo molestan. A veces, cuando escucho los ruidos de la botella, me gusta imaginar que no es su única entretención, y que juega a estar dormido, con los ojos cerrados y la respiración poderosa, o que juega a que hay otro Colmillo, igual a él pero completamente distinto a esos seres humanos a quienes conoce, y que ese otro lo visita y le muestra el patio con grandes reverencias: Ese parrón da una maravillosa sombra para dormir siesta a las 5 o Este árbol está aquí para que podamos correr alrededor hasta quedar con las lenguas afuera o No sé por qué cortaron este árbol tan lindo, el tronco que ves me recuerda todos los años que me acompañó y a los pajaritos que se posaban en él, a los queme gustaba asustar de vez en cuando.
Ahora escucho la botella.
Nunca lo he visto. En todos estos años, al menos 11, cada vez que paso por la casa de al lado, miro con la esperanza de que por alguna excepción Colmillo esté ahí, pero siempre lo tienen en el patio de atrás. Imagino que es grande por como suenan sus pisadas, sus juegos, sus ocasionales ladridos y por su nombre (¿un poodle podría llamarse Colmillo? ¿Mis vecinos, chilenos medios de asados de fin de semana, usarían la ironía para nombrar a un perro?)
Me da pena que nunca le hablen con cariño, que nunca lo dejen entrar ni un poquito a la casa o pasar al antejardín para oler a otros perros y ver a otras personas. Deduzco que es tranquilo, que se porta bien, y apenas ladra (en mi casa los ladridos del Gringo pidiendo salir a hacer pipí o pidiendo cariño eran cosa de cada noche, y mi niño malcriado casi nunca se llevó retos por eso), pero muy seguido escucho "¡COLMILLO!" con un tono que hasta a mis perros asusta, o "¡CÓRRETE COLMILLO!" y una patada después del grito. Los juegos de Colmillo con la botella difícilmente son mañas de un perro intranquilo; deben ser su única forma de pasar las horas encerrado en ese patio donde constantemente lo molestan. A veces, cuando escucho los ruidos de la botella, me gusta imaginar que no es su única entretención, y que juega a estar dormido, con los ojos cerrados y la respiración poderosa, o que juega a que hay otro Colmillo, igual a él pero completamente distinto a esos seres humanos a quienes conoce, y que ese otro lo visita y le muestra el patio con grandes reverencias: Ese parrón da una maravillosa sombra para dormir siesta a las 5 o Este árbol está aquí para que podamos correr alrededor hasta quedar con las lenguas afuera o No sé por qué cortaron este árbol tan lindo, el tronco que ves me recuerda todos los años que me acompañó y a los pajaritos que se posaban en él, a los queme gustaba asustar de vez en cuando.
Ahora escucho la botella.
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Volás emotivas
miércoles, 10 de noviembre de 2010
Una mente abierta
J: ¿Te parece si le pido a unos profesores que tuve en la universidad que escriban para la revista? ¿Podemos publicar gente de afuera?
M: Claro, nosotros somos súper abiertos... a gente que piense como nosotros.
J: .......
M: Claro, nosotros somos súper abiertos... a gente que piense como nosotros.
J: .......
lunes, 8 de noviembre de 2010
Arcoiris
Cuando era muy chica -todavía no entraba al colegio- fui con mi familia a Puerto Varas. Nos quedamos en una pensión muy bonita con un terreno muy grande. Desde la casa se veía un tronco cortado, y sobre él, un tarro de pintura que tenía dibujado un arcoiris. Mi papá me dijo que de ese tarro nacían los arcoiris. Yo le creí. Cuando hubo uno, fui a ver, pero nada salía del tarro. Mi papá me explicó que no era el único, que había muchos de esos tarros por ahí y que de cualquiera de ellos podrían surgir arcoiris. Aaaah, claaaro, pensé yo. Me encanta acordarme de eso.
domingo, 7 de noviembre de 2010
lunes, 25 de octubre de 2010
Shile, unido y feliz....
Me había negado a escribir aquí de los mineros porque... bueh, quién quiere saber más de ellos. Pero la cosa no se acaba, y llega a niveles cada vez más insospechados. Sí, todos sabemos que la notica se convirtió en el velo sobre la huelga mapuche, pero eso no explica la increíble covertura internacional. ¿Qué "mapuches" tiene que tapar el mundo? Porque, a riesgo de sonar descorazonada, me es imposible creer que todo el mundo está realmente conmovido con la historia.
Mi hermano certeramente me señalaba el éxito de un ministro apolítico, perfecto representante del modelo que se ajusta al Shishtema. No sé si llamar a Golborne "apolítico", pero es cierto que su figura no se asocia a la farandulilla política y que encaja perfecto en el supuesto modelo de una derecha que pone el bienestar y progreso económico "de todos" por sobre la politiquería.
Sin embargo, creo que el problema va mucho más allá. Hay un desplazamiento de valores que realmente me perturba: los chilenos somos felices porque rescataron a los mineros, somos un país que se unió gracias a una titánica operación, y Europa, con sus nefastos líderes políticos, necesita saber que el éxito y la felicidad se pueden lograr incluso en el fin del mundo. Ante esto, los esfuerzos personales parecen ridículos y el famoso "granito de arena" pierde sentido. Separar la basura, no empujar en el metro y preocuparse de estar más contentos parecen estupideces y hasta insensibilidades o muestras de egoísmo ante problemas como el terremoto y los mineros, y especialmente ante soluciones cinematográficas. Las cosas ya no están en nuestras manos: para que seamos felices y tengamos éxito y unidad nacional, necesitamos inversiones exorbitantes que realizan perfectamente hombres que son más empresarios que políticos.
Sí, el rescate fue perfecto, el gobierno lo hizo bien (aunque todo lo que rodea el rescate, lo hizo asqueroso), los plazos no sólo se cumplieron, sino que hubo un notable adelanto, pero no hay que mezclar las cosas. Lo mediático no nos convierte en un país más feliz, y el buen manejo en operaciones de este tipo no tiene nada que ver con una buena calidad de vida, buena educación, etc.
Esto no es un palo político tanto como un lamento por la actitud de las personas. Qué ganas de que se valoricen los aportes personales y no se ridiculicen ante tragedias y éxitos mediáticos, ya ni siquiera nacionales, sino mundiales. A nivel mundial, la tecnología, las inversiones y la especialización se han heroizado más que los mismos mineros. Sin duda todo eso fue necesario en este caso, pero que no se nos olvide que un país es más que una tragedia superada; es un territorio material e inmaterial en el que vivimos nuestra cotidiandad, sueños, proyectos, memorias, etc. El país también lo hacemos nosotros, con granitos de arena.
Mi hermano certeramente me señalaba el éxito de un ministro apolítico, perfecto representante del modelo que se ajusta al Shishtema. No sé si llamar a Golborne "apolítico", pero es cierto que su figura no se asocia a la farandulilla política y que encaja perfecto en el supuesto modelo de una derecha que pone el bienestar y progreso económico "de todos" por sobre la politiquería.
Sin embargo, creo que el problema va mucho más allá. Hay un desplazamiento de valores que realmente me perturba: los chilenos somos felices porque rescataron a los mineros, somos un país que se unió gracias a una titánica operación, y Europa, con sus nefastos líderes políticos, necesita saber que el éxito y la felicidad se pueden lograr incluso en el fin del mundo. Ante esto, los esfuerzos personales parecen ridículos y el famoso "granito de arena" pierde sentido. Separar la basura, no empujar en el metro y preocuparse de estar más contentos parecen estupideces y hasta insensibilidades o muestras de egoísmo ante problemas como el terremoto y los mineros, y especialmente ante soluciones cinematográficas. Las cosas ya no están en nuestras manos: para que seamos felices y tengamos éxito y unidad nacional, necesitamos inversiones exorbitantes que realizan perfectamente hombres que son más empresarios que políticos.
Sí, el rescate fue perfecto, el gobierno lo hizo bien (aunque todo lo que rodea el rescate, lo hizo asqueroso), los plazos no sólo se cumplieron, sino que hubo un notable adelanto, pero no hay que mezclar las cosas. Lo mediático no nos convierte en un país más feliz, y el buen manejo en operaciones de este tipo no tiene nada que ver con una buena calidad de vida, buena educación, etc.
Esto no es un palo político tanto como un lamento por la actitud de las personas. Qué ganas de que se valoricen los aportes personales y no se ridiculicen ante tragedias y éxitos mediáticos, ya ni siquiera nacionales, sino mundiales. A nivel mundial, la tecnología, las inversiones y la especialización se han heroizado más que los mismos mineros. Sin duda todo eso fue necesario en este caso, pero que no se nos olvide que un país es más que una tragedia superada; es un territorio material e inmaterial en el que vivimos nuestra cotidiandad, sueños, proyectos, memorias, etc. El país también lo hacemos nosotros, con granitos de arena.
domingo, 19 de septiembre de 2010
Volvamos a los clásicos
El siniestro Doctor Mortis es, como sabrán, un clásico radioteatro y cómic chileno. Lo que quizás no saben es que pueden escuchar las grabaciones originales en internet. Para muchos septiembre es un caos porque el segundo semestre suele ser más agotador, apretado y recargado, porque se carretea con descontrol para celebrar y de paso olvidarse de todo lo malo del año (igual resulta, aunque sea momentáneamente) y porque algunos, como yo, a estas alturas del año empezamos con los quizás innecesarios y muchas veces agotadores balances, proyecciones y juicios sobre lo que ha sido el año y lo que queremos o quisimos que fuera.Por todas estas cosas, me he estado distrayendo -oh, alivio- con una variopinta lista dentro de la que destaco mis audiciones de El siniestro Doctor Mortis. Al llegar del diplomado, o antes de ir, según la demanda de clases particulares en las tardes, me preparo algo para comer y, entre las risas de mi mamá, voy a encerrarme a mi pieza, a oscuras. Play, y el terror más clásico inunda la habitación y mis sentidos.
En medio del reality de los mineros y de tanto golpe mediático que se ha armado con cualquier tema que se vea exitoso en los facebook y twitters de los nuevos manifestantes de mac y blackberry, es una delicia disfrutar de clichés que no suenan ridículos, añejos, malempleados hasta el hartazgo, sino que relucen haciendo entender por qué llegaron a convertirse en clásicos. Me alegra darme cuenta de que, aunque el radioteatro no tiene en mí el efecto que se dice que tenía en su época, al menos conservo una capacidad de asombro que creo que muchos han perdido. Ojalá puedan disfrutar, como yo, de muertos vivientes, asesinos en serie, camposantos, risas de ultratumba, noches de tormenta y un-cuanto-hay de infaltables del género. Es cierto que no morirán de terror y su sueño difílmente se verá afectado, y que si quieren aterrarse, hasta los matinales, convertidos en crónicas rojas, sirven para eso, pero la maravilla de la construcción de los relatos -a veces sorprendentemente complejos- sigue siendo aplastante, y hay varios que son, por decir lo menos... inquietantes. MMMMUAHAHAHA
sábado, 7 de agosto de 2010
Iluminación
En realidad la palabra huir me gusta porque para mí huir es lo contrario. Yo encuentro que si uno no huye no se acerca a lo que uno desea acercarse.
Claudio Bertoni.
Claudio Bertoni.
lunes, 19 de julio de 2010
Entérese
"Siempre he pensado que si hubiera más librerías y menos farmacias, la gente se enfermaría menos".
Mi mamá.
Mi mamá.
sábado, 3 de julio de 2010
¿Habrán sido los zapatos?
Hace unas dos semanas mi mamá me llevó a comprarme zapatos, para que estuviera más contenta. Me compré tres pares y son lindos, lindos, especialmente unos que parecen antiguos, ¡maravillosos! Cuando se los mostré a mi papá, dijo “pero si son iguales a los de la tía Eulalia”. Los quedé mirando, y son exactamente iguales. EXACTAMENTE.
Hace unos 30 años, mi papá acompañó a mi abuela, la del retrato, a la reducción del cuerpo de la tía Eulalia, que ya llevaba otros 30 años muerta. Obviamente tía mía no es, de mi papá tampoco, quizás de mi abuela, pero algo lejana. Es de esas tías viejas viejas cuyo parentesco nadie recuerda con precisión. Como no tenía parientes más cercanos vivos, fueron ellos, y mi abuela se encontró con la grata sorpresa de que su vestido y zapatos estaban intactos, y esos zapatos eran el último grito de la moda. Obviamente, se los llevó.
Nadie estuvo de acuerdo con que los usara, pero ella no hizo caso, y tuvo razón: fue la envidia de quien la veía con ellos, recibió innumerables elogios, no la atropellaron sorpresivamente, no se atragantó hasta morir, no le cayó nada desde un edificio en construcción y nadie más tenía los mismos. Años después, estando mi abuela ya más vieja y yo muy chica, volvió a usar esos zapatos (tan cíclica que es la moda), que seguían pareciendo nuevos. Un domingo, cuando ella estaba almorzando en la casa con esos zapatos, me enteré de la historia y desde entonces cada vez que los miraba, me daban un poco de susto y desconfianza.
Lo mismo me pasó al ver mis zapatos después de que mi papá notara el increíble parecido y me trajera a la memoria la visión de los zapatos de la difunta y hasta reducida tía Eulalia. Hace un par de días, al desperar, me quedé un rato acostada mirando los zapatos que estaban en un rincón desde hace una semana. Me levanté, y decidí usarlos por primera vez. “Son tan lindos, qué estupidez tenerlos ahí juntado polvo”.
Partí entonces en dirección al Campus Oriente para imprimir algunos textos y fotocopiar otros, lo que debí haber hecho tiempo atrás pero que postergaba y postergaba. Apenas salí, un gato negro se me cruzó, cosa nada rara porque mi calle está siempre llena de gatos, pero claro, por primera vez lo sentí como un mal augurio. Acorté camino cruzando el parque Pucará, como acostumbro hacer, y en medio del pasto había un pajarito muerto, lleno de hormigas. Seguí caminando, haciéndome la indiferente, y al salir del parque noté que en la Iglesia que está justo al frente, estaba entrando mucha gente de negro. Segundos después estaba en la primera esquina que debía cruzar donde hay muchísimo tránsito. Tenía luz roja… y un poco de susto. Cuando cambió la luz, me sentí muy tonta, un poco avergonzada, y crucé a paso seguro, sin que nada me pasara, obviamente. Un par de cuadras y listo, había llegado a mi destino sana y salva.
Fotocopié, imprimí, y taconeando por los lindos pasillos del Campus me dirigía a la puerta para volver a mi casa, ya sin tontos miedos. Casi llegando a la salida, me detuve en seco, perpleja, y me quedé ahí paralizada. Algunas personas que estaban a mi alrededor, con cara de susto miraron en la dirección de mis muy abiertos ojos, pensando que algo terrible debí haber visto, pero no encontraron nada. Yo tampoco veía nada. Mis ojos solamente expresaban espanto, pero eran incapaces de ver, porque mi mente no procesaba nada desde el instante en que me había dado cuenta que sí, algo había muerto. Por primera vez desde hace varias semanas, las ganas de no hacer nada y hundirme en mi cama, en la oscuridad de mi pieza, quedaron enterradas en algún lugar.
Hace unos 30 años, mi papá acompañó a mi abuela, la del retrato, a la reducción del cuerpo de la tía Eulalia, que ya llevaba otros 30 años muerta. Obviamente tía mía no es, de mi papá tampoco, quizás de mi abuela, pero algo lejana. Es de esas tías viejas viejas cuyo parentesco nadie recuerda con precisión. Como no tenía parientes más cercanos vivos, fueron ellos, y mi abuela se encontró con la grata sorpresa de que su vestido y zapatos estaban intactos, y esos zapatos eran el último grito de la moda. Obviamente, se los llevó.
Nadie estuvo de acuerdo con que los usara, pero ella no hizo caso, y tuvo razón: fue la envidia de quien la veía con ellos, recibió innumerables elogios, no la atropellaron sorpresivamente, no se atragantó hasta morir, no le cayó nada desde un edificio en construcción y nadie más tenía los mismos. Años después, estando mi abuela ya más vieja y yo muy chica, volvió a usar esos zapatos (tan cíclica que es la moda), que seguían pareciendo nuevos. Un domingo, cuando ella estaba almorzando en la casa con esos zapatos, me enteré de la historia y desde entonces cada vez que los miraba, me daban un poco de susto y desconfianza.
Lo mismo me pasó al ver mis zapatos después de que mi papá notara el increíble parecido y me trajera a la memoria la visión de los zapatos de la difunta y hasta reducida tía Eulalia. Hace un par de días, al desperar, me quedé un rato acostada mirando los zapatos que estaban en un rincón desde hace una semana. Me levanté, y decidí usarlos por primera vez. “Son tan lindos, qué estupidez tenerlos ahí juntado polvo”.
Partí entonces en dirección al Campus Oriente para imprimir algunos textos y fotocopiar otros, lo que debí haber hecho tiempo atrás pero que postergaba y postergaba. Apenas salí, un gato negro se me cruzó, cosa nada rara porque mi calle está siempre llena de gatos, pero claro, por primera vez lo sentí como un mal augurio. Acorté camino cruzando el parque Pucará, como acostumbro hacer, y en medio del pasto había un pajarito muerto, lleno de hormigas. Seguí caminando, haciéndome la indiferente, y al salir del parque noté que en la Iglesia que está justo al frente, estaba entrando mucha gente de negro. Segundos después estaba en la primera esquina que debía cruzar donde hay muchísimo tránsito. Tenía luz roja… y un poco de susto. Cuando cambió la luz, me sentí muy tonta, un poco avergonzada, y crucé a paso seguro, sin que nada me pasara, obviamente. Un par de cuadras y listo, había llegado a mi destino sana y salva.
Fotocopié, imprimí, y taconeando por los lindos pasillos del Campus me dirigía a la puerta para volver a mi casa, ya sin tontos miedos. Casi llegando a la salida, me detuve en seco, perpleja, y me quedé ahí paralizada. Algunas personas que estaban a mi alrededor, con cara de susto miraron en la dirección de mis muy abiertos ojos, pensando que algo terrible debí haber visto, pero no encontraron nada. Yo tampoco veía nada. Mis ojos solamente expresaban espanto, pero eran incapaces de ver, porque mi mente no procesaba nada desde el instante en que me había dado cuenta que sí, algo había muerto. Por primera vez desde hace varias semanas, las ganas de no hacer nada y hundirme en mi cama, en la oscuridad de mi pieza, quedaron enterradas en algún lugar.
martes, 22 de junio de 2010
Atróh
B: ¿Me pueden creer que los auspiciadores se quejaron porque los panoramas culturales que pusimos en la revista son muy ABC1?
M: ¡ABC1! Pero si ahora cualquier gente va a todos lados... anda a darte una vuelta por el Parque Arauco y los C3 van igual... O sea... UNO ya ni puede ir, te juro.
B: Uuuuuuf, si en el Parque Arauco uno se encuentra con cada cosa.
J: ........................
M: ¡ABC1! Pero si ahora cualquier gente va a todos lados... anda a darte una vuelta por el Parque Arauco y los C3 van igual... O sea... UNO ya ni puede ir, te juro.
B: Uuuuuuf, si en el Parque Arauco uno se encuentra con cada cosa.
J: ........................
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